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3 - Pensamientos en libertad
1 - Qué puede significar esta portada? 2 - Es fundamental el fin que nuestra intención da a las cosas 3 - Libertad y libre albedrío 4 - Es cierto que todos los hombres somos hermanos? 5 - Ecumenismo 6 - Autoridad y Magisterio 7 - Vicarios de Dios 8 - Jesús ha pedido por mí 9 - Revestirnos de Cristo: el Santo Rosario 10 - El Santo Rosario 11 - El Cuerpo físico de Cristo y su Cuerpo Místico: ¡unidos, pero no confundidos! 12 - Las tres dimensiones de la vida de Cristo 13 - Cristo en mí y yo en El 14 - El verdadero Amor 15 - El perdón 16 - Jesús y María: No separe el hombre lo que Dios ha unido 17 - Misericordia y Justicia: No separar lo que en Dios está unido 18 - Dos actitudes, dos tipos de oración 19 - Nuestra relación con Dios 20 - Ahora se cumple el Juicio 21 - El Padrenuestro, ¡clave de lectura de la vida 22 - Sacrificio, consagración, sacerdocio 23 - FIAT! III - El que ama la Verdad viene a la Luz 44 - Quién eres tú y quién soy Yo? 45 - Todas las cosas están veladas en la tierra 46 - Nuestra existencia es una cuestión de fe 47 - Sólo el Creador puede hablar de la vida humana 48 - Aclaremos conceptos fundamentales 49 - El mal y el remedio del mal 50 - Libertad humana e intervención de Dios 51 - El dolor y la enfermedad 52 - Un nuevo humanismo 53 - El hombre dios de sí mismo? 54 - Hijos de la Luz, rayos del Sol 55 - Vida y muerte se han enfrentado en un prodigioso duelo 56 - La prueba y la tentación 57 - Profesión de Fe II - La Fe más bella se llama confianza 24 - Aumenta nuestra Fe (Lc 17,5) 25 - Lo que no es la Fe 26 - Por el contrario, la Fe es verdadera Fe 27 - La Fe, ¿según Luisa Piccarreta y Nuestro Señor en sus escritos 28 - La renuncia a la verdad es letal para la fe (Benedicto XVI) 29 - Cuántos caminos hay de salvación? 30 - Una sola Iglesia 31 - Verdadero y falso Ecumenismo 32 - Fuera de la Iglesia no hay salvación 33 - Jesús no es opcional 34 - Profecías de la Beata Anne Katherine Emmerich ideas peligrosas de la extraña y extravagante iglesia 36 - El «CREDO» del Pueblo de Dios (Pablo VI) 37 - La Fe tiene necesidad del conocimiento 38 - Conceptos básicos: el tiempo y la eternidad 39 - El Acto eterno de Dios: la Stma. Trinidad y la Encarnación 40 - El Verbo se ha encarnado 41 - Entremos en el Proyecto eterno de Dios 42 - Esto es una manzana 43 - El orden de los decretos del Acto único y eterno del Querer Divino IV - El verdadero Amor 58 - Ha llegado la hora que sea glorificado el Hijo del hombre 59 - Exigencia del Amor 60 - Consecuencia del Amor 61 - El verdadero Amor 62 - En comunión 63 - La amistad y el compartir 64 - Qué cosa es la Verdad? 65 - Ahora se cumple el Juicio 66 - Ética Cristiana 67 - Los libros y el Libro de la Vida 68 - Sanación de qué cosa? 69 - Estoy a la puerta y llamo 70 - Un consejo divino 71 - Carta de Amor del Padre Divino 3
4 APUNTES PARA UNA FE CLARA EN TIEMPOS DE CONFUSIÓN
En la Fe de la Santa Iglesia, sin pretender dar lecciones a nadie, ofrezco al buen sentido y a la buena voluntad de quien lee estas reflexiones, con el deseo de ayudar a los hermanos que el Señor me ha encomendado en este tiempo de oscuridad, de confusión y de extravío de la Fe para su formación básica en la Fe y como guía en su vida. Me mueve el deseo de hacer ver la lógica y la belleza de la Fe. Me mueve el celo por ver reconocida y glorificada la Palabra de Dios. Me mueve el santo temor que también a mí pudiera reprocharme así: Vosotros no os habéis puesto en las brechas y no habéis levantado ningún baluarte en defensa de los Israelitas, para que pudieran resistir en el combate en el Día del Señor (Ezequiel 13,5). He buscado entre ellos un hombre que levantase un muro y se alzara en la brecha ante Mí, para defender el país para que Yo no lo devastase, pero no lo he hallado (Ezequiel 22,30). En efecto, los labios del sacerdote deben custodiar el conocimiento y de su boca se espera la instrucción, porque es mensajero del Señor de los ejércitos (Malaquías 2,7). Te recomendé que invitaras algunos a que no enseñen doctrinas diferentes y a que no hagan caso de fábulas y de genealogías interminables, que más sirven para vanas discusiones que para el proyecto divino manifestado en la fe. El fin de esta corrección es la caridad, que brota de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera. Precisamente desviándose de ella, algunos se han dedicado a charlatanerías, pretendiendo ser doctores de la ley mientras no entienden ni lo que dicen, ni alguna de esas cosas que dan por seguras (1 a Tim. 1,3-7). Llegará un día en que no se soportará más la sana doctrina, sino, por manía de oír cosas interesantes, los hombres se rodearán de maestros conforme a sus pasiones, rehusando escuchar la verdad para volverse a las patrañas (2 a Tim. 4,3-4). 4
5 1 - Qué puede significar esta portada? Nos habla de una invitación de Dios: sin embargo, no seguirá escondido tu Maestro; tus ojos lo verán, tus oídos oirán estas palabras detrás de ti: «Este es el camino, recórrelo», en caso de que vayas a la derecha o a la izquierda (Isaías, 30, 20-21). Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por medio de El (Jn 14,6).
El Camino indica la Fe, me invita a recorrerlo con perseverancia, con confianza, con el deseo de llegar a la verdadera meta, el Padre, una meta que todavía no veo, objeto de mi Esperanza, que me espera más allá del horizonte.
Un camino claro, preciso, derecho, sin ambigüedades ni confusiones, porque así es la Verdad, firme, que no puede cambiar.
Y la Verdad me lleva a la verdadera Vida, al Corazón de Dios, a la fuente del verdadero Amor o Caridad, indicado en la señal de la carretera desde el principio: el Fiat Divino.
Así se desarrolla la vida cristiana:
a partir del conocimiento, siempre creciente (la Fe),
se recorre con el deseo cierto (la Esperanza)
y se realiza en el amor (la Caridad).
2 - Es fundamental el fin que nuestra intención da a las cosas En todo lo que existe, Dios ha puesto una finalidad.
Tantas finalidades secundarias, tal vez subordinadas unas a otras, pero todas en función de una sola, grande, sublime Finalidad: dar cumplimiento a su Reino, al decreto eterno de su Querer Divino, hacer que tantos hijos sean en todos semejantes al Hijo y una sola cosa con El.
Pero, a imagen de Dios, también nosotros ponemos una finalidad en cada cosa que hacemos. La cual ha de estar subordinada y en función de nuestra última finalidad, que debe coincidir cada vez más con la Finalidad de Dios, es decir, con el Querer de Dios. De lo contrario el que con El no recoge, desparrama y todo lo que hace se pierde, es inútil, es sólo pérdida. Dicho de otro modo: cada cosa que hacemos, o la hacemos por Dios o la hacemos por nuestro propio yo. La finalidad que damos a cada acción nuestra (aun inconscientemente) determina su dirección: hacia Dios o hacia nuestro yo. Imaginemos una fila de aviones en la pista de un aeropuerto: uno tras otro va despegando, y todos deberían remontarse hacia el cielo, pero tantos no se elevan y acaban por caer y estrellarse. A menudo los razonamientos y los discursos humanos, aparentemente bien pensados y que muestran finalidades buenas pero secundarias, a menudo esconden una intención (una finalidad última) que se separa de la de Dios. Así son las sugerencias y las tentaciones del padre de la mentira, como cuando tentó al Señor en el desierto, o cuando se insinuó por boca de Simón Pedro.
3 - Libertad y libre albedrío
Es necesario aclarar un equívoco habitual, distinguir la libertad y el libre albedrío. Hay que distinguir el común concepto de libertad y su verdadero concepto, o sea: qué es la libertad según Dios. Parecen cosas puramente teóricas, pero tienen serias consecuencias. Se suele considerar que la libertad sea poder hacer todo lo que queramos: en este concepto aparece como protagonista el propio querer humano. Y ahí está ya el error. 5 6 mientras que, lógicamente, el verdadero concepto de libertad se encuentra en Dios. Pero para tener una idea clara debemos preguntar: ¿Dios es libre de hacer lo que quiere? ¿Puede hacer lo que quiere? ¡Sí, no hay duda! ¿Dios es libre de hacer cualquier cosa? No. ¿Por qué? Porque Dios no puede escoger entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo que es justo y lo que es injusto. Por tanto, ya tenemos una primera respuesta negativa, en la que aparece la idea de poder escoger.
La libertad no es poder escoger. Poder escoger es no estar todavía seguros, es ignorancia. ¿Si una mamá toma de la mano al niño para cruzar una avenida llena de tráfico, le está quitando la libertad o se la está dando? A primera vista puede parecer que se la quita, pero es evidente que se la está comunicando, la está compartiendo con él; el pequeño sería esclavo de su incapacidad y de su ignorancia de los peligros. Por tanto, lo contrario de libertad no es precisamente servitud o esclavitud en sentido material, sino ignorancia de qué cosa sea la verdadera, buena o justa. Una vez que sé, que poseo la verdad respecto a una cosa, no escojo, sino que voy derecho, decido sin dudas ni titubeos. Así hace Dios. «Si permanecéis fieles a mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres» (Jn 8,31-32), dijo Jesús. Pero aquellos judíos entendieron mal el concepto de libertad como tantos de nosotros ahora en sentido material, diciendo: «Nosotros somos descen-dientes de Abrahám y nunca hemos sido esclavos de nadie no era verdad. Cómo puedes Tú decir: ¿seréis libres?» (v. 33) De esta forma se considera que libertad sea que cada uno haga lo que quiera. Pero Jesús respondió: «En verdad, en verdad os digo: el que comete pecado es esclavo del pecado. Y el esclavo no se queda para siempre en la casa, sino el hijo se queda siempre; así que, si el Hijo os hace libres, seréis libres de verdad» (vv). Por eso, también para nosotros, libertad no es poder hacer cualquier cosa. Libertad es adherir a la Voluntad de Dios; esclavitud es separarse de Ella para hacer la propia voluntad: el pecado. Dice el Señor:
«Yo te he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge por tanto la vida, para que viva tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, obedeciendo a su voz y estando unido a Él» (Deuteronomio 30,19-20). No ha dicho puedes escoger cualquier cosa. La libertad coincide con la Verdad. Contra la libertad atenta la falsedad o en general la ignorancia de la verdad. En este sentido, entender la libertad religiosa como el poder escoger lícitamente una religión u otra es UN ERROR. Que una sea como la otra. Es lo que el relativismo pretende. Pero qué se debería entender, en todo caso, como libertad religiosa, ¿precisando cuidadosamente el concepto? El poder practicar la verdadera Religión sin obstáculos ni constricción. Se debería entender como la adhesión a la Verdad, a la Voluntad de Dios, no a una doctrina o fe religiosa cualquiera, mediante el libre albedrío, puesto que por constricción no sería verdadera adhesión, sino falsa, lo cual sería contradictorio: adherir a la Verdad de un modo falso. Debe ser el poder adherir a Aquel que es la libertad mediante el ejercicio del libre albedrío. Los pulmones son obligados a respirar, el corazón a palpitar, y lo hacen porque no dependen de nosotros, sino del Querer de Dios; pero nuestra voluntad, si quiere, puede y debe adherir a la Voluntad de Dios, no por ser obligada, sino porque libremente lo quiere. Y aquí está nuestra responsabilidad, nuestro mérito o nuestra culpa. Somos libres de poder hacer muchas cosas, pero no de sus consecuencias. El libre albedrío es característica esencial de nuestra voluntad humana, creada por Dios a imagen de la Suya. La obra no por constricción, sino porque quiere, no cualquier cosa o un capricho, sino lo que es un bien, por motivo de su Amor, guiado por su Sabiduría. 6
7 y nosotros somos como El cocreador de nuestra vida, artífices de nuestro propio destino. El gran error es llamar libertad lo que es más bien nuestro libre albedrío. En esto está la confusión y los errores relativos a la libertad religiosa. El error, el mal, la injusticia no pueden tener derechos; otra cosa es la conciencia de cada individuo, la cual, con todos sus límites y condicionamientos, siempre se ha de respetar como la respeta Dios, nunca violentarla, nunca juzgarla porque no nos toca a nosotros hacerlo. Tan sólo se debería impedir el ejercicio externo de las creencias o prácticas religiosas, cuando objetivamente resultan peligrosas para los demás, por motivo de escándalo, violencia, etc. Pero Dios normalmente no lo impide. 4 - Es cierto que todos los hombres somos hermanos? Todos hemos sido creados por motivo de Jesús. El Padre Divino eternamente nos ha visto en la Humanidad de su Hijo. Todos hemos sido llamados a ser sus hermanos. Pero el pecado original ha separado a todos del Hijo. Con la Redención nos da el poder incorporarnos de nuevo a Cristo como miembros de su Cuerpo. Pero de hecho se une a El quien cree en El y es bautizado: sólo así podemos ser hijos de Dios y por tanto hermanos en Cristo. El que no está unido a El todavía no es hermano suyo (y nuestro). El que está bautizado, pero está separado de la Iglesia es hermano, sí, pero separado. ¡Y bien separado! Y eso es tan doloroso, pero es la verdad. Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y sin embargo el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, pero los suyos no lo han recibido. Sin embargo, a quienes lo han recibido, les ha dado el poder ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre, los cuales no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios han sido engendrados (Jn 1,10-13). «Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?». Y extendiendo la mano hacia sus discípulos: «He aquí mi madre y mis hermanos; porque el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, es para Mí hermano, hermana y madre» (Mt 12,48-50). Bendito sea Dios, Padre del Señor nuestro Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo. En Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados ante El en la caridad, predestinándonos a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad. Y eso para alabanza y gloria de su gracia, que nos ha dado en su Hijo amado en el cual tenemos la redención mediante su sangre, la remisión de los pecados conforme a la riqueza de su gracia. (Ef 1,3-7) Un solo cuerpo, un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la cual habéis sido llamados, la de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios Padre de todos, que está por encima de todos, obra por medio de todos y está presente en todos. (Ef 4,4-6). Pero el hecho de que Dios sea Creador y Padre de todos no coincide con el que para El todos sean hijos, prueba es lo que Jesús dijo a los judíos: ¿Por qué no podéis escuchar mis palabras? Porque tenéis por padre al diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no ha perseverado en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando dice lo falso, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira. (Jn 8,44) Cristo es también la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia; el principio, el primogénito de aquellos que resucitan de entre los muertos, para tener el primado sobre todas las cosas. (Col 1,18). Los que resucitan de entre los muertos son sin duda los que resucitan espiritualmente, los que acogen con la fe y con el Bautismo la Redención de Cristo. Y si antes de llevarla a cumplimiento en el Calvario Jesús dijo: Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que Yo os 7
8 mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; sino que os he llamado amigos, porque todo lo que he oído del Padre os lo he dado a conocer. (Jn 15,13-15), una vez resucitado el Señor le dijo a María de Magdala: «No me detengas, porque todavía no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». (Jn 20,17). El siervo no sabe lo que hace su amo, el amigo lo sabe, pero el hermano lo hace.
5 - Ecumenismo No he leído la encíclica Ut unum sint, ni la Dominus Jesus.
Son documentos del Magisterio, como tantos otros documentos, que leen seguramente los encargados. Nunca he tenido ocasión de trabajar en este campo y por eso tranquilamente se me ha escapado. Pero ahora hago unas reflexiones.
La UNIDAD es característica esencial de las Tres Divinas Personas, como lo es de la Verdad, como lo es de la Iglesia. Creo en la Iglesia, UNA, Santa, católica y Apostólica. UNA y por eso UNICA. En el lenguaje común se habla de iglesias: pero si no forman parte de la única Iglesia fundada por Jesucristo, si no forman parte de la Esposa del Cordero, el Señor no las reconoce. Sin embargo, hay que notar que a menudo tantos hermanos separados conservan tesoros de Fe y de vida en común con la Iglesia, mientras que de hecho tantos otros hermanos no separados no conservan esos tesoros. Y entonces se podría decir, como decía un loco en el manicomio: no son todos los que están, ni están todos los que son. Por eso el tema del ECUMENISMO se refiere no sólo a las relaciones entre los cristianos católicos y los no católicos, sino que tiene que ver con todo tipo de relaciones humanas, en primer lugar, dentro de la Iglesia Católica, donde hay santidad y pecado, muerte y vida, querer humano y Querer Divino. Y así, en cada diócesis, en cada parroquia, en cada grupo, asociación, familia, nación. Es una tensión entre la fuerza centrípeta y la fuerza centrífuga, el contraste que sentimos en nosotros mismos entre el deseo del bien y la inclinación al mal, esa lucha íntima que describe San Pablo en la carta a los Romanos (7, 7-25), el trigo y la cizaña mezclados en el mismo campo, que somos nosotros mismos. La noche de Pascua la Iglesia proclama: Muerte y Vida se han enfrentado en un prodigioso duelo. Es la lucha de reino contra Reino.
Por tanto, el ECUMENISMO va mucho más allá de un acuerdo o de una colaboración, tiene que ver con esta tensión. El ECUMENISMO exige, por tanto, en primer lugar, una decisión de convertirse cada uno. Los Pastores de la Iglesia de nuestro tiempo nos dicen que es más conveniente e importante mirar, junto con los hermanos separados, lo que nos une más bien que lo que nos divide, o sea, los aspectos positivos en vez de detenernos en los negativos, y haciendo así ver donde es posible colaborar, trabajar juntos, etc. Sin embargo, es necesario saber cuáles son las cosas en que no coincidimos, para no engañarnos y no perder el tiempo en ilusiones. Y aquí llegamos al famoso DIALOGO. ¿Qué decir del diálogo? Que para poder dialogar hace falta por lo menos hablar la misma lengua, de lo contrario no nos entendemos. Dos monólogos revueltos no son un diálogo. Por lo tanto, es evidente la necesidad de que todos tengamos clara la misma escala de valores: ¿cuál es la verdadera escala de valores? Para algunos, el máximo valor es el bienestar, el divertirse. Otros sin embargo dicen: pero para eso hace falta el dinero. Otros añaden: ¿y para qué, si falta la salud? Para otros es la concordia, la amistad, el amor, la paz, la unidad precisamente, Pero todas estas cosas presuponen otra cosa: la Verdad, sin la cual todo cae. Y sucede que la Verdad no es algo, sino Alguien: Jesucristo. Y si le preguntamos: Señor, y para Ti, ¿cuál es el valor supremo?, nos responde: la Voluntad del Padre. Hemos llegado a lo máximo. Solamente en la Divina Voluntad es posible la unidad. 8
9 por eso, si los dialogantes en busca de la verdad para llegar a la unidad no tienen constantemente presente el hacer la Voluntad de Dios, hacer lo que Dios quiere, sólo su gloria, nunca lograrán nada. Cualquier tipo de amistad y de amor (entre hermanos, entre amigos, entre padres e hijos, entre esposos) es en proporción a cuantos verdaderos valores espirituales se comparten. Si comparto con un hermano o con un amigo apenas un 10% de aquello en lo que creo y que me interesa, la amistad es de apenas un diez por ciento; basta poco para que se evapore Ya que la amistad, el amor, la unión son consecuencia de ese compartir la verdad que dejamos entrar en nuestra vida. Y el Señor dice: No temáis; lo que tenéis que hacer es esto: hablad con sinceridad cada uno con su prójimo; veraces y serenos sean los juicios que tengáis a las puertas de vuestras ciudades (Zacarías 8,15-16). Yo no tengo experiencia de diálogo ecuménico, por así decir, pero pienso que, si se quiere hacer en serio, convendría partir de la verdad que está en la base de todo: de la pregunta que nos hará el Señor en el momento de nuestra muerte, como nos la hace implícitamente en cada ocasión: dime, ¿quién eres tú y Quién soy Yo? ¿Qué quieres tú de Mí y qué quiero Yo se ti? ¿Cuál es mi Amor por ti, y dónde está tu amor por Mí? Deja estar las discusiones, déjate de historias, olvídate de los problemas históricos o doctrinales y dime: tú, personalmente, ¿quieres o no quieres responder a tu Dios y Señor? Pero vosotros, ¿quién decís que soy Yo? (Mateo 16,15). Porque la verdadera división de la humanidad, lo que está en la base de cualquier otra posible división, no es entre blancos y negros, ricos y pobres, altos y bajos, cristianos y no cristianos, católicos y protestantes, etc., sino entre los que aman la Verdad y los que no la aman (y tal vez dicen que la aman, pero buscan acomodársela a su gusto y doblegarla a algún otro interés privado). Pero cuando se dice amar la Verdad, se entiende que es amarla en serio, con todas las consecuencias, dispuestos a reconocerla donde quiera que esté y dispuestos a pagar personalmente y a dar todo lo que tenemos para alcanzarla. 6 - Autoridad y Magisterio Toda autoridad que tienen los hombres, viene de Dios. La autoridad de los padres sobre los hijos, la del esposo cabeza de la esposa (1 a Chor 11,3) respecto a ella, la de los gobernantes sobre sus conciudadanos, la de los diferentes pastores en la Iglesia (párroco, Obispo, Papa). La autoridad no viene de abajo, del pueblo. El pueblo el cuerpo social puede delegar a alguien que lo represente, pero la autoridad que representa la de Dios viene de Dios. Tú no tendrías ningún poder [o autoridad] sobre mí, si no se te hubiera dado de lo alto, dijo Jesús a Pilato (Jn 19,11). Todo buen regalo y todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de la luz (Santiago 1,17). Pero cuál es su objetivo, ¿cuál es la finalidad de la autoridad delegada por Dios? La de ayudar a los subordinados a que cumplan la Voluntad de Dios. Por eso nunca podrá contradecir la Verdad: No tenemos ningún poder [o autoridad] contra la verdad, sino en favor de la verdad (2 a Cor 13,8). Por tanto, no debemos confundir estas dos cosas, autoridad y magisterio, las cuales sin embargo deben caminar unidas. Pero servirse de la autoridad (servirse de la Voluntad de Dios) para querer imponer la voluntad del hombre cuando se separa de la Voluntad de Dios o cuando contradice la Verdad (que viene de Dios) es diabólico. Por eso Pedro y Juan replicaron: «Si sea justo ante Dios obedeceros a vosotros más que a Él, juzgadlo vosotros mismos; nosotros no podemos callar lo que hemos visto y escuchado» (Hechos, 4,19-20). Por tanto, quien tiene una autoridad debe tener mucho cuidado para no sustituirse a Dios: Escuchad, oh reyes, y tratad de comprender; aprended, gobernantes de toda la tierra. Poned atención, vosotros los que domináis multitudes y estáis orgullosos del gran número de 9
10 vuestros pueblos. Vuestra soberanía procede del Señor; vuestro poder del Altísimo, el cual examinará vuestras obras y escrutará vuestras intenciones; porque, aunque sois ministros de su reino, no habéis gobernado rectamente, ni habéis observado la ley ni os habéis comportado según la Voluntad de Dios. Con terror y rápidamente Él se alzará contra vosotros porque un juicio severo se cumple contra los que están en alto. El inferior merece piedad, pero los poderosos serán examinados con rigor. El Señor de todos no se retira ante nadie, no se impresiona por la grandeza, porque Él ha creado al pequeño como al grande y cuida igualmente a todos. Pero sobre los poderosos se efectúa una investigación rigurosa. Por tanto, a vosotros, oh soberanos, se dirigen mis palabras, para que aprendáis la Sabiduría y no vayáis a caer. El que conserva con cuidado santamente las cosas santas serán santificadas y quien se ha instruido en ellas hallará una defensa. Desead, por tanto, mis palabras; buscadlas y recibiréis instrucción. (Sabiduría 2,1-11) Una segunda tarea de la autoridad es proveer al bien de los que de ella dependen. Proveer es encargarse con cuidado, procurar los medios que hacen falta para el cuerpo, y con mayor razón para el espíritu para realizar la finalidad de la existencia que Dios nos da. Es decir, la asistencia y providencia de Dios pasan también a través de la autoridad que El concede para el bien común. De aquí que Dios, habiendo creado al hombre a Su imagen, ha querido compartir con él en diferente medida Sus prerrogativas. No sólo hacerle partícipe de la condición propia del Hijo de Dios en cuanto hijos (adoptivos, dice San Pablo), sino también de la del Padre, en el dar la vida a otros (vocación a la paternidad y a la maternidad, ya sea física, ya sea con mayor razón espiritual), en el tener cuidado y providencia de otros, y en el guiar mediante la autoridad a otros para que alcancen el fin para el que Dios los ha creado y los ha encomendado a quien ha dado la autoridad. Esta es una especie de comunión maravillosa de vida y de amor a la que Dios llama al hombre. 7 - Vicarios de Dios Ser vicario no es ser sustituto, y menos aún sucesor. Quiere decir hacer las veces de quien tiene la autoridad, el cual se hace presente por medio de su vicario. El vicario no se pertenece, pertenece totalmente a aquel que lo ha designado llamándolo a cumplir esta misión. Sumo honor, ser de algún modo modo vicario de Dios. Cristo ha querido como vicario suyo respecto a la Iglesia a Simón Pedro, designado por el Padre. Tanto Pedro como todos sus sucesores no tienen ya derecho a ser ellos mismos (por eso es que adoptan un nombre distinto del suyo propio), sino que han de ser Jesús por medio de ellos (el dulce Cristo en la tierra, como Santa Catalina de Siena llama al Papa). Por lo tanto, Pedro representa (= hace presente) a Cristo ante la Iglesia, e igualmente representa a la Iglesia, la Esposa, ante Cristo. ¿Por eso a Pedro (a la Iglesia) Jesús le pregunta me amas?, y a la respuesta afirmativa añade: apacienta a mis corderos, a mis ovejas. Son míos, no son tuyos. Tú no eres el dueño de mi Iglesia, sino que me representas. Ante ella, tú y Yo somos una sola cosa, el Buen Pastor. El plural mayestático que antes empleaban los Papas (Nos), no era por ser mayestático, majestuoso, sino porque son dos en uno. Así que, mi querido Pedro, tú eres el Vicario de Cristo, pero sí de alguna forma quisieras sustituirlo (suplantarlo) en el cuidado y en la guía de su Rebaño, serías el vicario del anticristo Lo cual, en medida menor, se aplica a cualquier tipo de autoridad. Un segundo vicario ha querido Jesús: el apóstol Juan, su vicario respecto a su Madre. Y como Juan, lo mismo nosotros, representados por él. En cada uno de nosotros la Stma. Virgen ha de encontrar a su único Hijo, a su Jesús. Jesús por medio nuestro, Jesús en cada uno de nosotros quiere seguir honrando y amando a su Madre y en Ella honrando y amando la Paternidad del Padre. 10
11 pero el Padre Divino ha querido tener su vicario personal respecto a Jesús y María, y es el querido San José. Y como ha hecho las veces del Padre ante sus dos Tesoros, así desde el Cielo continúa ocupándose del cuidado de la santa Iglesia, de la sagrada Familia mística de Cristo. Además, todos nosotros somos llamados a ser, en diferentes modos, vicarios de Cristo ante nuestros hermanos: El que acoge a aquel que Yo envíe, me acoge a Mí; el que me acoge a Mí, acoge Aquel que me ha mandado (Jn 13,20) Aquel día sabréis que Yo soy en el Padre y vosotros en Mí y Yo en vosotros (Jn 14,20) 8 - Lo ha hecho por mí, en favor mío. Pero lo ha hecho también por mí, o sea, en lugar mío, me ha representado y sustituido ante el Padre. Estaba pidiendo por algunas personas en situaciones difíciles y de sufrimiento. De pronto he tenido un pensamiento, una sensación, como si el Señor me dijera: Hijo mío, debes saber que esta oración tuya esta exactamente, por esa persona ya la hice Yo hace dos mil años, en una de aquellas noches (como dice el Evangelio) que he pasado en oración, en la soledad, hablándole de ti y de esta persona al Padre. Te he anticipado, es más, soy Yo el que ha preparado esta oración por ti, para que tú hoy pudieras hacerla, para que tú pudieras compartir esta oración mía, que ahora es nuestra Ves, de esta forma, esta oración tuya sirve en primer lugar a que hagas comunión conmigo. Y luego, si fuera sólo tuya, ¿qué valor tendría? Pero hecha por Mí es divina, tiene valor infinito y es absolutamente eficaz porque el Padre siempre me escucha (Jn 11,42). Es decir, que soy Yo quien ha orado por ti, entonces, y en ti, ahora. Jesús, Te adoramos, verdadero Dios y verdadero Hombre, realmente presente en el Santísimo Sacramento, en todos los Sagrarios de la tierra, Pero ¿qué haces aquí, día y noche, desde hace veinte siglos, Prisionero de tu mismo Amor? Pero qué Te mueve, oh Jesús, a soportar invicto nuestros olvidos, los abandonos, las faltas de respeto, de gratitud, de amor, las irreverencias y hasta los ultrajes y sacrilegios? ¡La fuerza de tu Amor! ¡Tu eterna decisión de hacer de nosotros tu morada viviente, tu Cielo, tu Reino! Y hoy nos indicas un medio humildísimo, sencillísimo, eficacísimo para revestirnos de Ti: ¡el Santo Rosario! Es el Arma, como el Padre Pío lo llamaba, el arma más útil en la guerra de espíritus que, ahora más que nunca, debemos combatir. Una guerra que no se combate a golpes de razonamientos, porque no es sólo lucha de inteligencias, sino con las armas del Espíritu: revistiéndonos de Cristo Esta Arma es la armadura de Dios, que Dios nos ofrece, es la armadura del Rey que es Jesús Es su vida, momento por momento, un misterio tras otro, gota a gota, que nos ofrece para cubrir nuestra vida con la Suya y que sea nuestra cada día más Esta Arma es defensa y nos envuelve en la Paz, aunque a nuestro alrededor arrecien las pruebas, los disgustos y las agresiones. Esta Arma es sostén y fuerza, porque es entrenamiento a la constancia, al amor, y nos nutre de El: alimenta nuestra mente, la memoria, el corazón con los episodios más significativos de su vida, de su Pasión y Muerte y de su Resurrección y Gloria Esta Arma es el medio absolutamente necesario para la victoria, come la honda del pequeño David, con la que, armado de santo celo por la Gloria de Dios y de confianza en El, golpeó en la frente la soberbia de Goliat, el gigante enemigo, derribándolo. Tener el rosario en la mano es dejarnos llevar de la mano por nuestra Madre, como niños que somos, para que Ella nos conduzca a las páginas y a los momentos más significativos del Evangelio Es dejar que Ella nos cuente, poco a poco, su historia de dolor, de amor y de 11
12 victoria Es repetir infinitamente el Amor de Jesús y de María, haciéndolo nuestro y repitiéndoselo a Ella, al ritmo de las avemarías Es copiar en nosotros su vida, en esa maravillosa fotocopiadora, con la que imprimimos cada Misterio del Rosario en la página diaria de nuestra vita El Espíritu Santo es más que luz y electricidad, que repite diez veces en diez avemarías su flash, su destello de contemplación y de amor Esa es la finalidad y el secreto del Rosario: trasplantar en nosotros poco a poco su vida, dejar que la nuestra Madre, encargada de hacerlo, nos plasme y nos dé la forma de hijos de Dios, nos transforme en Jesús. Es ponernos en sus manos para que Ella nos revista de Él, como lo revistió de nuestra humanidad. Es poner en sus manos nuestra voluntad como un pincel, para que Ella pinte en nosotros el Rostro de su Hijo, con los colores de sus mismas virtudes y de su Amor Por eso Ella lo pide siempre, por eso el Rosario obtiene todo Para hablar del Rosario debemos partir de un concepto fundamental: que el que reza se salva, y el que no, no, o sea, de la necesidad de la oración o relación de amor y de vida con Dios. Como la respiración continua es fundamental para la vida física, así la oración es condición indispensable para la vida espiritual, porque el hombre no sólo es homo sapiens, sino creado por Dios a su Imagen y Semejanza, elevado al orden sobrenatural de relación eterna con Dios. De ahí que el Señor recomienda que oremos incesantemente. De ahí también que la oración sea como la respiración, un incesante recibir y dar, recibir y corresponder (me amas, Te amo), aparentemente repetitivo, pero a la vez siempre nuevo. El amor verdadero nunca se repite, siempre es nuevo, aun cuando diga siempre lo mismo. Así son las avemarías del Rosario. La finalidad de la oración no es cumplir una tarea o un ejercicio mental, sino un entrar en intimidad con Dios, un empaparse de Dios, de su conocimiento, de su Amor transformante. Después de la oración debemos ser mejores, por lo menos en la intención. La oración se dirige siempre a Dios: o sea, al Padre, a Jesucristo, al Espíritu Santo. Si es al Padre, es siempre por Cristo, con El y en El, mediante la acción del Espíritu Santo; y resulta que Jesucristo ha querido la participación y la unión inseparable de su Madre para todo. Si es pensar en Jesús o mirarlo, hay que hacerlo con los ojos y con el Corazón de María, para que le llegue y le interese; si se trata de mirar a María o dirigirse a Ella, hay que hacerlo con los ojos y con el Corazón de Jesús para no traicionar a su Amor Divino de Hijo. María rezaba el Rosario: ¿cómo? Es cierto que en Lourdes Santa Bernadette la veía hacerse la señal de la Cruz, decir el Padrenuestro y el Gloria; en las Avemarías Ella no decía nada, pero pasaba las cuentas. Pero el modo de decir el Rosario lo hallamos en el evangelio de San Lucas: María lo dice dos veces meditaba en su Corazón todas las cosas de su Hijo. En eso consiste el Rosario. Por eso considero que es como una fotocopiadora, mediante la cual podemos copiar cada día las escenas (los misterios) de la Vida de Jesús y de María en la página en blanco de cada día. De ahí que si hemos imprimido cualquier otra cosa que no corresponda, debemos borrarla; de lo contrario decir el Rosario resulta inútil, no llena ni produce fruto. En cada misterio las avemarías son como pasar diez veces la hoja por debajo de la imagen que queremos fotocopiar y el flash de luz es la obra del Espíritu Santo. La fotocopiadora, podríamos decir también, es el Corazón Inmaculado de María. Podemos considerar el Rosario como la mano materna que nos toma de la mano para conducirnos por las páginas fundamentales del Evangelio; por eso me gusta coger el Rosario al principio y levantarlo en alto, como el niño que le da la mano a su madre. 12
13 padre Pío lo llamaba el arma en la lucha de espíritus que estamos viviendo. Un amigo colombiano lo llama la ametralladora de cincuenta tiros. Supongo que en mano de David habrá sido la honda con la que escalabró al gigante Goliat. La batalla de Lepanto, que detuvo el avance irresistible de los turcos en Europa, fue ganada mediante el Rosario: de ahí la invocación Auxilio de los Cristianos y la institución de su fiesta el 7 de octubre, por el Papa San Pío V. El Sultán dijo: Yo no temo a los cañones de los cristianos; lo que temo es a ese viejo en Roma con su rosario en la mano. Y con el Rosario fue liberada Austria, mitad de la cual estaba ocupada por el ejército soviético todavía unos años después de haber terminado la guerra. Sin duda es la cadena con la que, según el Apocalipsis, San Miguel ha de encadenar al dragón para encerrarlo en el infierno; está esperando a que entre todos la completemos. O como decía San Bartolo Longo, es la dulce cadena que nos vincula con Dios. Es un continuo recordar la vida de Jesús y de María para responder con amor por todo lo que por nosotros han hecho, han sufrido, nos han preparado. Es un dar vueltas incluso la misma forma del rosario lo dice para imprimir junto con nuestra Madre nuestro debido acto de adoración, de alabanza, de bendición, de agradecimiento, de reparación y de amor, y para invocar en cada escena o misterio del Rosario el fruto de toda la vida de Jesús y de María, es decir, el cumplimiento de su Reino, el triunfo de su Corazón Inmaculado Como en tiempos de Josué, para conquistar Jericó, también nosotros debemos dar tantas veces en silencio siguiendo a la verdadera Arca de la Alianza, que es María, sirviéndonos del Rosario Pero recordemos el texto bíblico: Jericó estaba férreamente cerrada ante los Israelitas; nadie salía y nadie entraba. Dijo el Señor a Josué: «Ves, Yo pongo en tus manos a Jericó y su rey. Todos vosotros, valientes guerreros, todos preparados para la guerra, daréis la vuelta en torno a la ciudad, recorriendo el circuito de la ciudad una vez. Así haréis durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca; el séptimo día daréis la vuelta alrededor de la ciudad siete veces y los sacerdotes tocarán las trompetas. Cuando se oiga el cuerno del carnero, apenas oigáis el sonido de la trompeta, todo el pueblo lanzará un gran grito de guerra, entonces los muros de la ciudad se derrumbarán y el pueblo entrará, cada uno marchará adelante». (Josué, 6,1-5) Nunca olvidemos la finalidad del Rosario: plasmar en nosotros la misma vida interior de Jesús y María, es decir, el Reino de Dios, ¡el Reino de la Divina Voluntad que todos invocamos! Por eso da más bien pena ver como tantas personas buenas limitan el Rosario a una cantilena: dicen el título de cada misterio ninguna consideración o contemplación y enseguida añaden alguna intención por la cual se pide (por ejemplo: pidamos en este misterio por el abuelo de la sobrina de la tía de Clotilde, o pidamos por los niños bizcos de Biafra) Lo puede decir todo el mundo, desde el Papa hasta la viejecita que no sabe leer ni escribir. Se puede decir en todas partes y a todas horas, viajando, en casa, en una iglesia, hasta en el hospital, como un sacerdote amigo (ya está en el Cielo), que una vez, hospitalizado, llegó a un acuerdo con los otros tres enfermos (comunistas) que estaban en la misma habitación: o sea, ¡que por la mañana leerían juntos el diario L Unità (el periódico del partido comunista italiano) y por la tarde dirían juntos el Rosario... Cosa de Don Camilo y Peppone! ¡Imaginen quien venció! En conclusión, recomiendo decirlo empezando con una sola decena (un misterio), indicando el tema sobre el que se dice un pensamiento sencillo, una aplicación... y luego regular la velocidad (como en un coche, reducir la marcha y la velocidad para aumentar la potencia del motor y darse cuenta de lo que se está diciendo y a quién se dice, con quienes se está diciendo y para qué se dice... 13
14 para quien se distrae fácilmente cuando lo reza él solo, puede ser un buen remedio decirlo en voz alta, manteniendo el ritmo de las frases, escuchando su propia voz para hacerse así un poco de compañía. Cuando se reza en grupo (en la iglesia o en casa) y son por ejemplo 15 personas, conviene que quien lo dirige haga notar que no deben ser 15 rosarios, sino un solo rosario, y que por tanto cada uno se dé cuenta de todas las otras personas con quien está rezando, de quien está ahí presente y que él forma parte del grupo, precisamente. Por tanto, no se debe oír un montón de voces, sino en la medida de lo posible una sola voz, un verdadero coro en el que uno no corre más, ni otro se retrasa y acaba después de los demás. Y recordemos que el Rosario multiplica su potencia y su sabor cuando se dice en familia: Familia que reza unida, permanece unida, como decía el Padre Peyton, en su Cruzada del Rosario. Bueno, espero que esta conversación no acabe sino con un hermoso Rosario dicho entre todos, por ejemplo, pasándose una imagen de la Stma. Virgen de mano en mano, a la vez que cada persona dice una avemaría. Eso podría ser una de las innumerables formas de decirlo. En su Encarnación, Ntro. Señor ha creado su propia naturaleza humana. El Espíritu Santo ha creado, de María, el Cuerpo del Hijo de Dios: su Cuerpo personal, físico, y su Cuerpo Místico. Todos los seres humanos hemos sido concebidos en El, como Cuerpo suyo. Lo dice en los Escritos de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta: ¿Pero sabes tú qué es lo que mi Eterno Amor quería hacerme devorar? ¡Ah, las almas! Y me contenté cuando las devoré todas, quedando concebidas conmigo. Era Dios: debía obrar como Dios, debía hacerme cargo de todas; mi Amor no me habría dado paz, si hubiera excluido alguna... Ah, hija mía, fíjate bien en el seno de mi Mamá; fija bien los ojos en mi Humanidad concebida y verás tu alma concebida conmigo y las llamas de mi Amor que te devoraron. Oh, ¡cuánto te he amado y te amo! () Cada alma concebida me llevó el peso de sus pecados, de sus debilidades y pasiones, y mi Amor me mandó que tomara el peso de cada una; y no sólo concebí las almas, sino las penas de cada una, las satisfacciones que cada una de ellas debía darle a mi Padre Celestial. De manera que mi Pasión fue concebida junto conmigo. (Primer volumen, Novena de Navidad). Apenas la Potencia Divina formó esta pequeñísima Humanidad, tan pequeña que podría compararse con el tamaño de una avellana, pero con sus miembros bien proporcionados y formados, el Verbo quedó concebido en ella. La inmensidad de mi Voluntad, abrazando en sí todas las criaturas pasadas, presentes y futuras, concibió en ella todas las vidas de las criaturas y, a la vez que crecía la mía, así crecían ellas en Mí. De manera que, mientras aparentemente parecía estar Yo solo, visto con el microscopio de mi Voluntad se veían concebidas todas las criaturas. Conmigo sucedía como cuando se ven aguas cristalinas, que mientras parecen claras, viéndolas con el microscopio, ¿cuántos microbios no se ven? (Vol. 15,). Es cierto que hemos nacido veinte siglos después; pero nuestro espíritu, ¿quién puede decir en serio en qué momento ha sido creado? Y no se trata de una preexistencia de las almas, que es un error condenado por la Iglesia, sino que todas las almas empezando por la de la Stma. Virgen, y el alma de Adán y de todas las generaciones hemos sido creados en el Acto Divino que está por encima del tiempo, que abarca todos los tiempos: el Acto de la Encarnación del Verbo. En Cristo (el Padre) nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados ante El en el amor, predestinándonos a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo, conforme al beneplácito de su Voluntad. Y eso para alabanza y gloria de su 14
15 gracia, que nos ha dado en su Hijo amado; en El tenemos la redención mediante su Sangre, la remisión de los pecados según la riqueza de su gracia. Él la ha derramado abundantemente en nosotros con toda sabiduría y conocimiento, porque nos ha hecho conocer el misterio de su Voluntad, según lo que su benevolencia había establecido en El para realizarlo en la plenitud de los tiempos: el proyecto de recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo como las de la tierra. (Ef. 1,4-10). La intención del Señor dando la vida por nosotros (la finalidad de la Redención) era la de salvar a todos: este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres..., ya que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad (1 a Tim 2,3). Pero de hecho es eficaz sólo para los que se salvan: Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza derramada por muchos (Mt 26,28 y Mc 14,24). Tengamos en cuenta que las palabras de la Consagración en la Misa son en parte del evangelio de S. Lucas y de la 1 a Corintios de San Pablo (por vosotros), y en parte de los evangelios de S. Mateo y de S. Marco (por muchos). Por muchos, pro multis, ha sido traducido por todos, aunque no es lo mismo. Su inmenso dolor, equivalente a su Amor, es debido a que no todos se incorporan a El mediante la Redención. Todo lo que hace y sufre su Cuerpo Místico tiene repercusión en su Cuerpo físico, y viceversa, la suerte dolorosa y gloriosa de su Cuerpo físico la comparte con su Cuerpo Místico. Todo lo que hacemos o lo que nos pasa, el Señor lo siente de un modo vivísimo, como hecho por El o que le sucede a Él. ¡Inseparablemente unidos, pero no hay que confundirlos! Y así como Él es Sacerdote y Víctima, así su Cuerpo Místico toma parte a ambos oficios. Jesucristo comparte con cada bautizado su triple prerrogativa de Sacerdote, Maestro y Rey. Por eso su Amor no se contenta con que estemos unidos a Él viviendo en gracia, sino que anhela a consumarnos en la unidad con El, con un solo corazón (¡el Suyo!) y una sola vida: Viviendo conforme a la verdad en la caridad, tratemos de crecer en todo hacia Él, que es la cabeza, Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ordenado y unido, mediante la colaboración de cada juntura, según la energía propia de cada miembro, recibe fuerza para crecer edificándose a sí mismo en la caridad (Ef 4,15-16). Si hemos sido concebidos y creados por Dios por motivo de Cristo, el Verbo Divino Encarnado, Él nos quiere inseparablemente unidos a su Hijo. Por eso, a su vida terrena, consumada enteramente por nosotros, ha añadido su vida eucarística (la Eucaristía contiene toda su vida en la tierra), siempre con nosotros, con el fin de formar su vida mística (misteriosa), pero real, en nosotros. Hasta poder decir con San Pablo: He sido crucificado con Cristo y ya no soy yo el que vive, sino Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, yo la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me ha amado y se ha dado El mismo per mí (Gál 2,20). Por eso él exclama (pero ha tomado prestadas estas palabras de nuestra Madre Dolorosa): hijitos míos, que yo de nuevo doy a luz en el dolor hasta que no esté formado Cristo en vosotros! (Gál 4,19). Estas tres dimensiones de la vida del Señor histórica (o terrena), eucarística y mística corresponden a los tres motivos de su Encarnación. Se hizo hombre no sólo por nosotros los hombres y por nuestra salvación, sino: 1 - Para presidir y justificar la Creación: Él es imagen de Dios invisible, engendrado antes que toda criatura, ya que por medio de Él han sido creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, las visibles y las invisibles: Tronos, Dominaciones, Principados y 15
16 potestades. Todas las cosas han sido creadas por medio de Él y en vista de Él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en El (Col 1,15-17). El decreto de recapitular en Cristo todas las cosas, las del Cielo como las de la tierra (Ef 1,10). 2 - Para cumplir la Redención: Jesucristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores, y de ellos el primero soy yo (1 a Tim 1,15). El Hijo de Dios ha aparecido para destruir las obras del demonio (1 Jn 3,8). 3 - Y para tener su Reino: Entonces Pilato le dijo: ¿Así que Tú eres Rey? Respondió Jesús: Tú lo dices, Yo soy Rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo y debo dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Lo había dicho el Ángel a María: El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará para siempre en la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin (Lc 1,32-33). Es necesario que El reine hasta que no haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies (1 a Cor 15,25). De ahí una deducción importantísima: que su Encarnación no dependía del hecho que el hombre hubiera pecado. Del pecado del hombre depende tan sólo el modo como ha vivido el Señor su vida terrena como Redentor, en la humillación, en la pobreza, en el dolor. Si el hombre no hubiese pecado, Él se habría encarnado y habría nacido de la Virgen, pero ya directamente glorioso, ya desde el primer momento como Rey glorioso a presidir su Reino. El pecado del hombre ha dado ocasión al Señor de añadir la máxima demostración y efusión de su Amor mediante la Redención. Al encarnarse, el Hijo de Dios ha tomado un cuerpo como el nuestro, porque antes, al crearnos, nos ha dado un cuerpo como el Suyo, a su imagen. Al encarnarse, se ha hecho hermano, no del Adán inocente y santo como Dios lo había creado, sino del Adán caído y mísero, de su estirpe, para salvarla, para reconducirla a la gloria original: Dios se ha hecho como nosotros, para hacernos como El. Ha dado por nosotros al Padre la respuesta de fidelidad y de amor que los hombres no éramos capaces de darle. Nuestra vida cristiana empieza con Cristo en mí y acaba con yo en Cristo. Nuestra vida escondida en El: esa es nuestra meta. Se trata de un proceso. Todos nosotros empezamos la vida cristiana con Jesús en nuestro corazón, pero debemos concluirla con yo estoy en su Corazón, soy en Cristo. ¿Pero qué significa ser en Cristo? Significa entrar en su historia, en su victoria, en sus conquistas. Como un líquido se adapta a las dimensiones y a la forma del recipiente que lo contiene, así para nosotros significa adaptarnos a los gustos de Jesús, a sus pensamientos, a sus maneras, como Él se adapta a nosotros. Hacer nuestra su vida interior, su dolor, su amor, su relación con el Padre. Que Jesús pueda decirme lo que dijo al Padre: Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y Yo soy glorificado en Ti (cfr Jn 17,10). En su Vida ha escrito mi verdadera vida, como tenía que ser. La potencia del Espíritu Santo me une a Cristo, a su Obra, y hace vivo en mí lo que Jesús ha hecho por mí. El Espíritu Santo lo realiza. San Pablo dice una cosa importantísima: ¿Quien se une al Señor se hace un solo espíritu con El ( ) No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros y que habéis recibido de Dios? Así que no os pertenecéis, porque habéis sido comprados a caro precio. Glorificad por tanto a Dios en vuestro cuerpo (1ª Cor 6,17-19). Templo del Espíritu Santo. Nuestro cuerpo es templo, es morada santísima de Dios, como un velo que lo cubre, es para Cristo como una humanidad añadida, en la que Él pueda renovar su Misterio (dice Santa Isabel de la Trinidad). Y por esa Divina Presencia del Espíritu Santo, que habita en nosotros, Jesús está realmente. Jesús ha dicho: Yo pediré al Padre y Él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad que el mundo no puede recibir, porque no lo ve y no lo conoce. Vosotros lo conocéis, porque Él vive con vosotros y estará en vosotros (Jn 16
17 14,17-18). ¡Esto es maravilloso! Cuando venga el Espíritu Santo conoceréis que Yo soy en el Padre y vosotros en Mí (Jn 14,20). No sólo es unión, sino unidad. Esta es la finalidad de Dios, su sueño de amor, su Reino: Yo en vosotros y vosotros en Mí. Cuando el Espíritu Santo obra en nosotros, se cumple. Por tanto, nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestro espíritu llegan a ser la morada de Dios, por obra de su Espíritu. Cada célula le pertenece, cada respiro, cada latido, cada instante. La obra del Espíritu Santo consiste en consagrarnos, transformarnos, realizar en nosotros una especie de transustanciación. El prodigio de la Eucaristía es el modelo, el signo y el medio de lo que desea hacer de nosotros, y esto es su verdadero Reino. Nosotros totalmente suyos. E igualmente, El totalmente nuestro: Nos ha dado los bienes grandísimos y preciosos que había prometido, para que fuésemos por medio de ellos partícipes de la naturaleza divina (2 a Pedro, 1,4). Yo soy la Vid y vosotros los sarmientos (Jn 15). Esta es una unión vital que no depende de nosotros establecerla, ya es una realidad divina: no podemos nosotros ser sarmientos, podemos tan sólo impedirlo, separarnos de la Vid. Y el Señor le dice a su pequeña Hija: Hija mía, cuando en el alma no hay nada que sea extraño para Mí o que no Me pertenezca, no puede haber separación entre el alma y Yo, más aún, te digo que, si no hay ningún pensamiento, afecto, deseo, latido, que no sea mío, Yo tengo al alma conmigo en el Cielo, o bien permanezco con ella en la tierra. Sólo eso puede separarme del alma: si hay cosas cose que para Mí sean extrañas. ¿Pero si no ves eso en ti, por qué temes que Yo pueda separarme de ti? (Vol. 11,). Sin los sarmientos la Vid se queda sola. Para hacerse ver, para hacerse escuchar, Jesús nos necesita. Para llegar a los demás, para producir fruto, Jesús nos necesita. Es una unión, mejor aún, ¡una unidad! Porque vosotros habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3,3). Esta es la esencia del pacto. Es la increíble unión que el Señor quiere hacer con nosotros. Nuestra vida en El. Todo lo que se ve es Cristo. Resulta un solo cuerpo, no dos cuerpos. La matemática del nuevo Pacto es esta: ya no 1+1=2, sino 1+1=1. Uno más uno igual a Uno, no a dos. Se nos repite que la vida cristiana tiene que ver con permanecer en El. En efecto, San Juan ha escrito: El que dice que permanece en El, se debe comportar como Él se ha comportado (1 a Jn 2,6). Tiene que ver con la unidad, con el uno más uno igual a Uno: Ya no soy yo el que vive, sino es Cristo el que vive en mí. La vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me ha amado y ha dado la vida por mí (Gál 2,20). Y el Señor se lo dice a Luisa Piccarreta: Hija mía, piérdete en Mí. Pierde tu oración en la mía, de modo que la tuya y la mía sean una sola oración y no se sepa cuál sea la tuya y cual la mía. Tus penas, tus obras, tu querer, tu amor, piérdelo enteramente en mis penas, en mis obras, etcétera, de modo que se mezclen las unas con las otras y formen una sola cosa, tanto que tú puedas decir: «lo que es de Jesús es mío», y Yo diga: «lo que es tuyo es mío». Supón un vaso de agua, que la derramas en un recipiente de agua grande: ¿sabrías tú distinguir después el agua del vaso de la del recipiente? Desde luego que no. Por eso, con ganancia tuya grandísima y con sumo contento mío, repíteme a menudo en lo que haces: «Jesús, lo derramo en Ti, para poder hacer, no mi voluntad, sino la Tuya», y Yo enseguida derramaré mi obrar en ti (Vol. 12,). Esta es la unidad de la que hablaba San Pablo. Se trata de una unidad, que es la unión de dos voluntades en un único querer, el Suyo: Tú en mí, yo en Ti, Lo que quieres Tú lo quiero yo; si Tú no lo quieres, tampoco yo. San Pablo dice: Hijos míos, que yo de nuevo doy a luz en el dolor, hasta que Cristo esté formado en vosotros (Gál 4,19). Por tanto, cuando Jesús ocupa sólo una pequeña parte de nosotros, lo demás sigue siendo nuestro, pero cuando forma en nosotros su vida, como el niño que se forma en el seno de su 17
18 madre, así Cristo se forma en nosotros hasta su plena madurez, y sucede entonces que sus ojos son nuestros ojos, su boca es nuestra boca, sus manos nuestras manos, su Corazón nuestro Corazón Como dice el Siervo de Dios Mons. Luis María Martínez (que fue arzobispo primado de México): Algunos me dirán que no soy manso y humilde de corazón como Tú; ese es mi corazón viejo, pero ¿qué tal el nuevo? Perdemos así realmente nuestra vida (ante todo la perdemos de vista) y en su lugar se realiza la Vida de Jesús, y entonces, si camino, es Jesús el que camina y quien me toca, toca al Verbo. Así Él quiere estar realmente presente, oculto en nosotros y nosotros ocultos en El. Como le dice a Luisa: Hija mía, para que el alma pueda olvidarse de sí misma, debería hacer de forma que todo lo que hace y que le es necesario, lo haga como si Yo quisiera hacerlo en ella. Si reza, debería decir: «Jesús quiere rezar y yo rezo con El». Si debe trabajar: «es Jesús que quiere trabajar», «es Jesús que quiere caminar», «es Jesús que quiere comer, que quiere dormir, que quiere levantarse, que quiere divertirse», y así todo lo demás de la vita, excepto los errores. Sólo cosí el alma puede olvidarse de sí misma, porque no sólo lo hará todo porque lo quiero Yo, sino que, porque lo quiero hacer Yo, Me necesita (Vol. 11,). En conclusión: Señor, te doy por tanto mi corrompida voluntad humana, para dar espacio a la Tuya Divina, que ardientemente quieres que reine en mi ser y en mi vida, para ser verdaderamente felices los dos, para vivir momento por momento Tú mi vida y yo la tuya: ¡Tú en mí y yo en Ti! Hablar del Amor es hablar de Dios, porque Dios es el Amor. En el lenguaje corriente, cuando se dice amor se piensa a un sentimiento, a una inclinación vehemente, a una pasión, ya que también hace padecer. El verdadero amor, sin duda, no es posible no sentirlo, pero antes de sentirlo nosotros hay que hacerlo sentir. Y eso es porque, antes de ser un sentimiento, es un querer traducido en hechos, en vida. Amor son hechos y sólo así se puede manifestar con palabras. Por eso ha dicho Jesús Si me amáis, guardareis mis mandamientos El que acoge mis mandamientos y los observa es el que me ama Si uno me ama, observará mi palabra Nadie tiene un amor más grande que el dar la vida por quienes ama (Jn 14, 15,13). ¿Pero qué es el amor? Es manifestación y comunicación. El Padre se manifiesta en el Hijo y Ambos se comunican en el Espíritu Santo. El Padre es el Amante, el Hijo es el Amado, el Espíritu Santo es el Amor. El Hijo es la manifestación del Padre (el que me ve a Mí ve al Padre), el Espíritu Santo es su recíproca comunicación, donación total. Por eso el amor exige reciprocidad; si no se ve correspondido se convierte en dolor. El amor no correspondido es dolor, el amor rechazado es odio. Nosotros amamos, porque antes Él nos ha amado, dice San Juan (1 a Jn 4,19). Por eso el primer mandamiento empieza diciendo Escucha, porque antes de responder a Dios tenemos que escucharlo. Dios es Amor, dice San Juan. De todo lo que se puede decir de Dios que es infinito, eterno, omnipotente, omnisciente, justo, santo, misericordioso, etc. decir que es Amor es sin duda el modo más completo de describirlo, presentándolo a los hombres. El misterio inagotable de su Amor es la razón de todo lo que Dios es, de lo que Dios tiene y de lo que Dios hace. Precisamente porque es Amor, Dios no sólo es Aquel que es, como se manifestó a Moisés, no sólo es el Señor, sino que es Padre y por eso es Tres Personas que se explican mutuamente por su Amor. Siendo sólo Amor, Dios nada puede hacer que no sea sólo por Amor, es más, que no sea sólo Amor. Sus tres obras (la Creación, la Redención y la Santificación) son, por así decir, 18
19 infinitas explosiones de Amor de su Corazón, es decir, de su Voluntad. O, mejor dicho, nosotros, criaturas, las vemos como otras tantas inmensas explosiones o latidos divinos de su Corazón, mientras que en realidad son una sola explosión, un Acto único, absoluto, eterno de Amor. Amor recíproco entre el Padre y el Hijo, Amor que el Espíritu Santo, el divino Realizador, expresa y realiza. Hablamos del Corazón. Nosotros tenemos, evidentemente, un corazón moral o espiritual, representado por el corazón físico, y es el centro operativo de nuestra vida. Si somos así es porque así es también Aquel que nos ha creado a Su imagen. Tres Personas Divinas con un solo Corazón, con un solo infinito y eterno Palpitar de Amor: el Corazón es la Voluntad, el Palpitar de ese Corazón es el Querer Divino, la Vida que resulta es su Amor. Así ha hecho al hombre: el hombre es un pequeño acto de Amor Divino (que ha salido del infinito Acto de Amor que es Dios en Sí mismo). El hombre ha salido de Dios y debe volver instante por instante a Dios. Y Dios le pide que se conserve, que siga siendo lo que es, en cada cosa: un acto de Amor Divino; y además le pide que llegue a ser lo que todavía no es: que entre en el infinito Acto de Amor que es Dios, para hacer Vida en común con El, como la hace el Hijo con el Padre, para tomar parte en ese recíproco infinito Amor. Nuestra relación con Dios y lo mismo nuestra relación con el prójimo nunca es entre dos, sino siempre es entre tres. En mi relación con el prójimo, Dios interviene; en mi relación con Dios, está siempre el prójimo. Dios me pide una respuesta total de amor a Él (con toda la mente, con todo el corazón, con todo mi ser), y luego me dice que debo amar al prójimo como a mí mismo Y entonces digo: Pero después de que me has pedido el 100% de mi capacidad de amar, no me queda más amor para el prójimo: ¿cómo puedo amarlo? Y El me responde: ¡Muy bien, empezamos a razonar! Eso quiere decir que el amor total que me debes a Mí, que no me ves, me lo debes demostrar en tu prójimo, que ves. Y todo lo que le haces a él lo considero como hecho precisamente a Mí. Por tanto, ámalo, pero no por lo que en él ves de tuyo, sino porque es mío. Es más, cuando tú lo amas, llámame, que sea Yo el que lo ame en ti, pídeme mi Amor. Y no sólo debes pedirme mi Amor para amarlo, sino pídeme verlo como lo veo Yo, apreciarlo como lo aprecio Yo, hacerle lo que le hago Yo, darle la vida que le doy Yo Gran honor para ti, que el Creador quiera amar a sus criaturas (¡a todas!) junto contigo, por medio de ti! No ves, sobre todo en esto, ¿que Dios quiere que seas a su semejanza? ¿Que quiere compartir contigo su mismo Amor? Por eso no basta que tú veas al Señor en tu prójimo, sino que vivas de modo tal que tu prójimo vea en ti al Señor. ¡Ese es el verdadero Amor! Pedid y recibiréis, ha dicho el Señor. Para recibir el perdón hay que pedirlo. Sobre todo, con el corazón, que es lo que mira el Señor. Y es necesario también darlo, para imitar a Dios y volver a su semejanza. Dios no puede dar su perdón si el hombre no lo pide, pero el hombre no puede pedirlo si a su vez no lo da al prójimo, es decir, si se niega a darlo. El perdón repara la relación herida o incluso rota entre el hombre y Dios y entre el hombre y su prójimo. El perdón sana las heridas del alma y aporta también salud al cuerpo. La misericordia pasa sobre el puente reconstruido de la justicia: antes debemos dar cumplimiento a la justicia (cfr. Mt 3,15). Pero pedir perdón y (tal vez, aún más) perdonar es consecuencia de reconocer la verdad y ponerla por encima de nuestro yo. Ya es un signo de amor a la verdad y a la justicia. Pedir perdón a Dios es señal de que se cree en su Amor, y se Le pide perdón sin tener ningún título para pedirlo, excepto su Bondad y su Amor. Por tanto, las únicas buenas razones para pedirlo y esperarlo son las santas llagas de Nuestro Señor. 19
20 el perdón lo pedimos cada vez que decimos el Padrenuestro. Más exactamente, le pedimos al Padre que cancele no sólo nuestros pecados, sino nuestras deudas, algo que va más allá: deudas de gratitud, de reconocimiento y adoración, de amor Sin embargo notemos que cada vez que lo decimos hablamos en plural, porque con nosotros lo está diciendo Jesús, el Hijo de Dios, y lo decimos no como privados, sino en cuanto Cuerpo místico de Cristo. Así, mientras Jesús lo está diciendo con nosotros, en el momento de decir perdona nuestras deudas (la nueva versión en español dice: nuestras ofensas), El, verdadero Hombre, que se ha hecho nuestra Cabeza y una sola cosa con nosotros, es también el verdadero Dios y una sola cosa con el Padre y con el Espíritu Santo, y en ese momento ante nosotros vemos que las tres Divinas Personas dicen junto con nosotros, así como NOSOTROS perdonamos a nuestros deudores Nosotros con mayúscula: es la Stma. Trinidad la que habla, porque para Dios el modelo del perdón nunca podría ser nuestro modo de perdonar, sino el Suyo. ¿Pero entonces, por qué lo decimos nosotros? ¡Porque el Señor nos lo pone en la boca para que aprendamos a perdonar como perdona Dios! ¡Para que perdonemos nosotros junto con Dios! Porque si vosotros perdonáis a los hombres sus culpas, vuestro Padre celestial os perdonará también a vosotros; pero si vosotros no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas (Mt 6,14-15) Este es el papel del prójimo cuando nos ofende: sin que él lo sospeche, nos da ocasión de progresar en la imitación de Dios. O cuando hemos tenido la desgracia de ofender a alguien, hemos sido para él una ocasión de santificarse Y, sin embargo, es evidente que de esa forma nadie se haga santificador del prójimo, ¡Dios nos libre! (Ven acá, amigo, que te voy a santificar yo, a palos). Porque el perdón que se da, no siempre la otra persona lo recibe. En cualquier casa entréis, primero decid: la Paz a esta casa. Si habrá un hijo de la paz, vuestra paz descenderá en él, de lo contrario volverá a vosotros (Lc 10,5-6). Lo mismo nuestro perdón. Por eso el perdón hace siempre bien: por lo menos a quien lo da. Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? Y Jesús le respondió: No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-22). Nunca llegaremos a la septuagésima Pensemos, por último, cuando le pedimos perdón al Señor (especialmente para recibir la absolución sacramental), cuál ha de ser nuestra finalidad al hacerlo, porque también es justo que la misma coincida lo más posible con la finalidad de Dios al perdonarnos. Y que nuestra intención sea, no sólo el sentirnos bien, en paz, libres de la culpa, sino sobre todo la de dar a Dios la alegría de poder perdonarnos, la gloria de ver en nosotros reparada la Justicia y realizada su Misericordia (Hay más alegría en el Cielo por un pecador convertido que por 99 justos que no tienen necesidad de conversión, Lc 15,7) El otro día, mientras rezando invocábamos insistentemente la Stma. Virgen con el título de Madre de la Eucaristía, el demonio se puso a decir: «El y Ella son inseparables. No sabéis hasta qué punto invocarla significa invocarlo a Él; son una sola cosa; Él se la ha llevado toda entera. En el Cuerpo y Sangre del Hijo está también el cuerpo y sangre de la Madre. No podía ser de otra manera, se ha formado en Ella. ¿Conocéis la biología? ¿Sabéis lo que es el ADN? Ellos son una sola cosa. Él ha nacido de Ella y Ella ha nacido de Él. Nunca han estado separados. Siempre han estado unidos. Antes de que Ella lo concibiera, Él ya estaba en Ella; antes de que El naciera, Ella ya estaba en El. Ella ha sido la primera que se ha dado. El llevaba en sí la sangre y la carne de esa mujer maravillosa, demasiado maravillosa para ser soportable por nosotros y no podemos nada 20
21 contra Ella. Cuando celebráis eso que llamáis misa Ella está con El». (De un exorcismo citado en el libro La Virgen María y el diablo en los exorcismos, del P. Francesco Bamonte). Sí, es muy cierto; pero no dice la razón, el porqué de ese prodigio: es la Divina Voluntad, única e indivisible, de las Tres Divinas Personas, única e indivisible en la Madre y en el Hijo. El Prodigio parte de la Eternidad como dice la Iglesia: en un único decreto eterno de predestinación, pero Dios no lo ha impuesto a la Virgen, es Ella la que lo ha acogido desde el principio: el Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve para nada (Jn 6,63). La más amplia y profunda explicación nos la da el Señor, en los Escritos de la Pequeña Hija de la Divina Voluntad, la Sierva de Dios Luisa Piccarreta: Mientras rezaba () me decía: ¿Cómo es posible que Jesús haya podido separarse de su Mamá querida y Ella de Jesús?, y el bendito Jesús me ha dicho: Hija mía, desde luego que no podía haber separación entre mi dulce Mamá y Yo. La separación fue sólo aparente. Ella y Yo estábamos fundidos el uno en el otro, y era tal y tanta la fusión, que Yo me quedé con Ella y Ella vino conmigo; de manera que se puede decir que fue una especie de bilocación. Eso sucede también a las almas, cuando están de verdad unidas conmigo; y si cuando rezan hacen entrar en sus almas como vida la oración, sucede una especie de fusión o de bilocación: Yo, donde quiera que esté, las llevo conmigo y Yo me quedo con ellas. Hija mía, tú no puedes comprender bien lo que mi Madre querida fue para Mí. Yo, al venir a la tierra, no podía estar sin Cielo, y mi Cielo fue mi Mamá. Entre Ella y Yo pasaba tal electricidad, que ni siquiera un pensamiento se le escapaba a mi Madre que no lo tomase de mi mente; y ese tomar de Mí la palabra, la voluntad, el deseo, la acción y el paso, es decir, todo, formaba en ese Cielo el sol, las estrellas, la luna y todos los goces posibles que puede darme la criatura y que ella misma puede gozar. Oh, ¡cómo me complacía en ese cielo! Oh, ¡cómo me sentía satisfecho y compensado por todo! Hasta los besos que me daba mi Mamá contenían el beso de toda la humanidad y me devolvían el beso de todas las criaturas. En toda parte me la sentía, a mi dulce Mamá. Me la sentía en el respiro y, si era jadeante, me lo aliviaba. Me la sentía en el Corazón y, si estaba amargado, me lo endulzaba. Me la sentía en mis pasos y, si eran cansados, me daba fuerza y descanso... ¿Y quién puede decirte como me la sentía en la Pasión? En cada latigazo, en cada espina, en cada llaga, en cada gota de mi Sangre, en todo me la sentía y me hacía de verdadera Madre... Ah, si las almas me correspondieran, si todo lo tomaran de Mí, ¡cuántos cielos y cuántas madres tendría en la tierra! (Vol. 11,) Hija mía, mi Mamá y Yo éramos como dos gemelos nacidos en el mismo parto, porque no teníamos más que una sola Voluntad que nos daba la vida. El «FIAT» Divino ponía en común nuestros actos, de modo que el Hijo se reflejaba en la Madre y Ella se reflejaba en el Hijo. Así que el reino de la Voluntad Divina estaba en pleno vigor, tenía su perfecto dominio en Nosotros... (Vol. 23, ¿) Por qué la Reina Celestial es verdadera Madre para mí? Porque poseía la Vida de mi «FIAT» Divino. Sólo eso le podía suministrar el germen de la fecundidad divina, para concebirme en su seno y hacerme su hijo. Por tanto, sin mi Divina Voluntad, Ella no habría podido absolutamente ser mi Madre, porque nadie más, ni en el Cielo ni en la tierra, posee ese germen de la fecundidad divina, que hace concebir nada menos que el Creador en la criatura. Ya ves como mi Querer Divino me formó la Madre y me hizo su Hijo. (Vol. 24,) Hija mía, estoy comportándome contigo como me comporté con mi Mamá: durante mi vida vivimos siempre juntos, menos los tres días en que me perdió, que en todo lo demás donde estaba la Madre, se encontraba el Hijo y donde estaba el Hijo se hallaba la Madre; 21
22 éramos inseparables. Cuando luego llegó el cumplimiento de la Redención, teniendo que irme Yo a mi vida pública, nos separamos, si bien la Voluntad única que nos animaba nos tenía siempre identificados juntos, pero es cierto que nuestras personas se hallaban lejos, uno en un sitio y el otro en otro, y no sabiendo estar y no pudiendo estar demasiado tiempo separados porque el verdadero amor siente la irresistible necesidad de descansar uno en el otro, de confiarse sus secretos, el resultado de sus empresas y sus dolores, unas veces hacía Yo mis pequeñas escapadas para volver a verla, y otras la Reina y Madre salía de su nido para ver de nuevo a su Hijo que desde lejos la hería, y de nuevo nos separábamos para llevar a cabo la obra de la Redención (Vol. 24, ) ( ) La Reina Soberana, llena de bondad y de ternura, me ha dicho: Hija mía querida, has de saber que Yo soy la portadora de Jesús. Eso fue un don que el Ser Supremo me entregó, y cuando estuvo seguro de que Yo tenía gracia, amor, poder y la misma Voluntad Divina para tenerlo custodiado, defendido, amado, entonces me entregó el don, es decir, el Verbo Eterno, y se encarnó en mi seno, diciéndome: «Hija nuestra, te entregamos el gran don de la Vida del Hijo Dios, para que seas su dueña y lo des a quien tú quieras; más sabe tenerlo defendido, nunca lo dejes solo con cualquiera a quien se lo des, para suplir si no lo aman, para repararlo si lo ofenden. Haz que nada falte a la decencia, a la santidad, a la pureza que le es debida. Sé atenta, es el don más grande que te entregamos y te damos el poder de bilocarlo todas las veces que quieras, para que quien lo quiera pueda recibir este gran don y poseerlo. Ahora bien, este Hijo es mío, es don mío, y como mío conozco sus secretos amorosos, sus ansias, sus suspiros, pero tanto, que llega a llorar y sollozando me dice: «Mamá mía, dame a las almas, quiero las almas». Yo quiero lo que Él quiere; puedo decir que suspiro y lloro con El, porque quiero que todos posean a mi Hijo, pero debo poner a salvo su vida, el gran don que Dios me entregó. Por eso, si desciende Sacramentado en los corazones, Yo desciendo junto con El como garantía de mi don. No puedo dejarlo solo, pobre Hijo mío; si no tuviese a su Madre que desciende con El, ¡cómo me lo maltratarían! Por quien no le dice un «te amo» de corazón yo debo amarlo, por quien lo recibe distraído, sin pensar al gran don que recibe, yo me vuelco sobre El para que no sienta sus distracciones y frialdades, por quien llega a hacerle llorar, debo consolarlo y hacer dulces reproches a la criatura, para que no me lo haga llorar. ¡Cuántas escenas conmovedoras suceden en los corazones que lo reciben Sacramentado! Hay almas que nunca se cansan de amarlo, y yo les doy mi amor y también el suyo para que lo amen. Son escenas de Cielo y los mismos ángeles quedan extasiados y nos consolamos de las penas que nos han dado las demás criaturas. ¿Pero quien puede decirte todo? Soy la portadora de Jesús, y Él no quiere ir sin mí, tanto que cuando el Sacerdote va a pronunciar las palabras de la Consagración sobre la Hostia Santa, hago alas con mis manos maternas, para que descienda a través de mis manos para consagrarse, y así, si manos indignas lo tocan, Yo le haga sentir las mías que lo defienden y lo cubren con mi amor. Pero no basta; estoy siempre atenta para ver si quieren a mi Hijo, tanto que si algún pecador se arrepiente de sus graves pecados y la luz de la gracia amanece en su corazón, yo enseguida le llevo Jesús para confirmarle el perdón, y yo me ocupo de todo lo que hace falta para hacer que se quede en ese corazón convertido. Soy la portadora de Jesús y lo soy porque poseo en mí el reino de su Voluntad Divina. Ella me revela quien lo quiere y yo corro, vuelo para llevárselo, sin dejarlo nunca. Y no sólo soy la portadora, sino espectadora, escuchando lo que hace y dice a las almas. ¿Crees tú que yo no estaba presente escuchando tantas lecciones que mi Hijo querido te daba sobre su Divina Voluntad? Yo estaba presente, escuchaba palabra por palabra lo que te decía, y en cada palabra yo daba las gracias a mi Hijo y me sentía doblemente glorificada, porque hablaba del reino que Yo ya poseía, que era toda mi fortuna y la causa del gran don de mi Hijo. Y al verlo hablar, Yo veía injertada la fortuna de mis hijos en la mía; oh, ¡qué alegría! Todas las 22
23 lecciones que te ha dado, y más todavía, ya están escritas en mi Corazón, y al ver que te las repite, Yo gozo un Paraíso más por cada lección; y todas las veces que no estabas atenta y te olvidabas, Yo pedía perdón por ti y le pedía que repitiera sus lecciones, y El, para a contentarme, porque no sabe negarle nada a su Madre, te repetía sus bellas lecciones. Hija mía, Yo estoy siempre con Jesús, aunque a veces me escondo en El y parece que El hace todo como si lo hiciera sin mí, mientras que Yo estoy dentro, tomo parte a todo y estoy al corriente de lo que hace. Otras veces se esconde en su Madre y me hace que Yo haga, pero siempre Él lo hace conmigo. Otras veces nos manifestamos los dos juntos y las almas ven a la Madre y al Hijo que las aman tanto, según las circunstancias y el bien de ellas que necesitan, y muchas veces el amor que no podemos contener nos hace llegar a excesos por ellas. Pero ten la seguridad de que, si está mi Hijo, estoy Yo, y que, si estoy Yo, está mi Hijo. Es la misión que me dio el Ser Supremo, de la cual Yo no puedo ni quiero retirarme. A mayor razón que estos son los gozos de mi Maternidad, el fruto de mis dolores, la gloria del reino que poseo, la Voluntad y el cumplimiento de la Trinidad Sacrosanta. (Vol. 34, ) Así como quise conmigo a mi Madre como primer eslabón de la Misericordia, por el que debíamos abrir las puertas a todas las criaturas y por eso quise apoyar el brazo derecho, así te quise a ti como primer eslabón de Justicia, para impedir que se abatiera sobre todas las criaturas como se merecen; por eso quise apoyar el izquierdo, para que lo sostuvieras junto conmigo... (Diario de Luisa, Vol. 13, ) El 23 de Abril de 1865 nació la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, la pequeña Hija de la Divina Voluntad. Ese día era el Domingo in Albis. A partir del 22 de febrero de 1931, varias veces el Señor dijo a Santa Faustina Kowalska que ese domingo debe ser celebrado por la Iglesia como la fiesta de la Divina Misericordia. Por tanto, precisamente el 5 de mayo del 2000, el Santo Padre Juan Pablo II, signo y don de la Divina Misericordia, instituyó finalmente esta fiesta para toda la Iglesia, y falleció la noche del sábado 2 de abril de 2005, cuando litúrgicamente ya había empezado el Domingo in Albis, fiesta de la Divina Misericordia. Antes de venir como justo Juez, vendré como Rey de Misericordia. Antes de que llegue el día de la Justicia será dado a los hombres este signo en el cielo. Toda luz se apagará en el cielo y habrá una gran tiniebla en toda la tierra. Entonces aparecerá en el cielo el signo de la Cruz y de los agujeros en que fueron clavadas las manos y los pies del Salvador saldrán grandes rayos de luz que durante un cierto tiempo iluminarán la tierra. Eso sucederá poco antes del último día (Diario de Santa Faustina Kowalska, n. 83) La Misericordia y la Justicia, estos dos Atributos divinos, son siempre y sólo Amor de Dios y representan respectivamente la Stma. Humanidad de Ntro. Señor y su Divinidad, por lo cual son inseparables, como lo son las dos Naturalezas del Verbo Encarnado. Forman como un binomio, como los dos lados de una misma medalla (la Divina Voluntad), y son los que regulan las relaciones entre Dios y el hombre: la Divina Misericordia para defensa del hombre, la Divina Justicia para defensa de Dios. El Señor dijo en la última Cena: Cuando venga el Consolador, reprenderá al mundo por motivo de pecado, de Justicia y de Juicio (Jn 16,8). El pecado es el desorden que rompe la armonía entre la Voluntad Divina y la voluntad humana; es una injusticia y agresión, que choca con la Divina Justicia, y ese choque forma el Juicio. Pero el Juicio se evita sólo recurriendo arrepentidos a la Divina Misericordia. Sin embargo, es necesario satisfacer toda justicia, como dijo el Señor a San Juan Bautista, para permitir el paso a la misericordia. La Divina Misericordia pasa y llega a la criatura por el puente reparado de la Divina Justicia, puente destruido por el pecado. 23
24 - La REDENCIÓN es manifestación y glorificación de la Divina Misericordia. - La SANTIFICACIÓN es manifestación y glorificación de la Divina Justicia, que justifica (que hace justo) al hombre con la Justicia o Santidad de Dios. Es la meta: Buscad el Reino de Dios y su Justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. EI Señor Dios dijo a Moisés: Concederé mi gracia a quien Yo quiera conceder gracia y tendré misericordia de quien Yo quiera tener misericordia (Éxodo 33,19). Ser justo para Dios es necesidad, es un deber (no podría ser injusto), mientras que ser misericordioso es un derecho suyo, que Dios tiene celosamente. Estos dos atributos, Misericordia y Justicia, que caracterizan respectivamente la obra de la REDENCIÓN y el REINO DE LA VOLUNTAD DIVINA, caracterizan así mismo las distintas actitudes espirituales del hombre en sus relaciones con Dios: El siervo y también el hijo menor de edad, que aún tiene mentalidad de siervo, que incluso es como un esclavo, aun siendo dueño de todo (Gál 4,1) ha de llamar a la puerta de la Divina Misericordia para obtener; de ahí las exhortaciones de Ntro. Señor a que pidamos ( Buscad y hallareis, pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá, Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará, etc.). Mentalidad que se evidencia en las intenciones por las que se piden, en las peticiones que se hacen, etc., puesto que el modo de orar dice cuál es la fe (lex orando, lex creyendo). Es el hijo pródigo que va de camino, regresando a la Casa del Padre. Por el contrario, el hijo que vive ya en la Casa paterna, en la Voluntad del Padre, no siente necesidad de pedir nada porque sabe que todo es suyo. Una sola cosa le interesa, la Divina Voluntad y el Amor, dice Jesús a su pequeña Hija, Luisa Piccarreta. No tiene nada propio, sino todo en común con el Padre, por lo que busca sólo el Reino de Dios para todos y su Justicia o Santidad. Ya no se ocupa de sí mismo (vive en un perfecto abandono confiado), sino que se interesa de lo que le interesa a Dios, su Reino y su Gloria, y lo que puede hacer bien al prójimo y lo puede unir más a Dios. Es decir, el que todavía está fuera de la Casa debe llamar, mientras que el que está dentro no necesita. Por eso, dice el Señor, en el paraíso terrenal, las relaciones entre Adán inocente y Dios, por parte del hombre eran adoración, alabanza, agradecimiento y amor, pero no existía la súplica o la petición. Eso nació después del pecado, después de la ruptura de la unión con Dios, cuando el hombre sintió la necesidad de todo, necesitado de Misericordia por parte de Dios. Jesús ha pedido por los suyos (Jn 17), así como la Stma. Virgen ha rogado y ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Intercesión. Y piden por nosotros a la Justicia Divina el Reino de Dios y su Justicia, ellos que tenían el derecho de pedirlo, o sea, de obtenerlo con justicia para nosotros porque les pertenece, por tanto, el derecho de darlo porque es de su propiedad. Así, quien vive en la Divina Voluntad siente claramente que no necesita nada, sino sólo la necesidad de amor de dar. No necesita pedir, sino que hace como la Stma. Virgen en las Bodas de Caná: hizo presente a su Hijo el problema de otros (lo comparto con El de la forma más sencilla), sin decirle lo que debía de hacer, y a los siervos dijo que hicieran como su Hijo les hubiera dicho, condición indispensable para obtener de El cómo Ntra. Madre dice a Luisa lo necesario y lo superfluo. ¡Cuántas cosas quisiera darnos Dios, nuestro Padre Celestial! Y es voluntad suya que en cuanto hijos unidos al Hijo (en su Nombre) se las pidamos, sin duda, pero como le ha pedido Jesús: habiendo identificado nuestra voluntad con la Suya y dejando a Dios totalmente el modo de resolver nuestro problema, de escuchar nuestra petición (Padre, si es posible, pero no se haga mi voluntad, sino la Tuya). 24
25 cuántas cosas quisiera darnos nuestro Padre Divino, pero cuántas de esas cosas según su Voluntad debemos pedirlas con verdadera conciencia y verdadero deseo, lo cual, previa una actitud de humildad (pues lo contrario es arrogancia en pedir, es pretender), se traduce en confianza (fe) y perseverancia. Es decir, muchas veces y para tantas cosas nuestro pedir debe alcanzar un cierto grado de intensidad, en el modo indicado, para que haga contacto con Su deseo de dar. Basta ya de considerar la oración de petición como una especie de tiro de la cuerda con Dios, de un pulso o una lucha con El. No debemos ponerle a El sobre el plato de una balanza y nuestra oración sobre el otro plato para ver si conseguimos superar su resistencia, como no podemos poner nuestra miseria e indignidad sobre un plato y su Misericordia sobre el otro, sino que la solución genial es ponernos en su mismo plato, ponernos en sus brazos. Nuestra oración no puede servir para convencerle de nada, sino para convencernos nosotros de Su bondad, sabiduría y gracia. No es que Dios sea avaro de sus dones, en absoluto, ni duro de corazón como tantas veces es juzgado por el hombre, sino que El dispone el conceder sus gracias y escuchar nuestras peticiones en función del crecimiento de nuestra confianza en El, del crecimiento de nuestra unión con su Voluntad. Por tanto, el conceder muchas cosas depende porque así ha establecido no sólo de Él, sino también de nosotros, de la medida de nuestra confianza y de nuestra unión con su Voluntad, hasta identificar la nuestra con la Suya en un mismo querer. Por eso la Stma. Virgen dijo una vez, en Medjugorje: De vosotros depende obtener las gracias de Dios: hay quien las obtiene tal vez después de un año, quien, en un mes, quien en un día y quien en un minuto. Todo esto, por lo que se refiere a la oración de petición y de intercesión. Pero todo se resume en estas palabras fundamentales de Jesús: Buscad ante todo el Reino de Dios y su Justicia y todo lo demás se os dará por añadidura. Es evidente que nuestra vida no nos la hemos dado nosotros y que nuestra existencia no depende de nosotros. ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? ¿Y si la has recibido, por qué te jactas como si no la hubieras recibido? (1 a Cor 4,7). No hay nada en nosotros que no hayamos recibido y que recibamos en cada instante de Dios. No somos dueños, sino administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se requiere en los administradores es que cada uno resulte fiel (1 a Cor 4, 1-2). Todo lo que Dios nos da es su Amor como un don: el cuerpo y el alma, nuestras facultades, nuestros sentidos, nuestros miembros, cada pensamiento, cada latido, cada respiro, por no decir de todo lo creado: todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 a Cor 3,22-23), don de Él y de su inmenso Amor. De la cabeza a los pies, la lista sería interminable. El de justicia que nos demos cuenta y que a este diluvio de Amor Divino correspondamos con un gracias y con una respuesta de amor por cada cosa. ¿Pero qué puede decirle un espejito al Sol? Te amo Nos ha creado a Su imagen: inspirándose a como es El, Dios. Tomando como Modelo a Sí mismo y a su Verbo Encarnado, haciéndolo el Prototipo, porque aquellos que Él desde siempre ha conocido también los ha predestinado a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que sea el Primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29). Nuestras facultades espirituales voluntad, inteligencia, memoria son un don específico de las Tres Divinas Personas, para que con esta trifásica entremos en comunión de vida con Ellos. La imagen divina creada la tenemos en nuestra naturaleza humana, en el ser que hemos recibido, pero la semejanza con Dios tenemos que tenerla en nuestro vivir, en lo que debemos ser. 25
26 obra de su Gracia y de nuestra correspondencia a la Gracia. Obra humano-divina. Juntos con Dios debemos ser cocreadores de nosotros mismos. Cada uno se hace lo que quiere ser, en el bien o en el mal. Porque, a diferencia de todos los demás seres vivientes creados por Dios dotados también ellos de una cierta inteligencia y memoria nosotros tenemos algo que nos hace responsables, come lo es Dios: es decir, una voluntad dotada de libre albedrío, capaz de responder de modo merecedor al Amor. Esta voluntad es en nosotros la responsable de cada decisión e intención. Es lo que solemos llamar el corazón. Y mientras Dios puede quitarnos todo lo que nos ha dado la vista, el habla, el respiro, etc. sin pedirnos permiso, nunca podrá tener nuestro corazón, nuestra libre voluntad, nuestra respuesta de amor, nuestro sí, si nosotros no queremos. El hombre puede interrumpir, incluso puede rechazar para siempre su relación con Dios. ¡Algo tremendo! Esta relación parte de lo que Dios nos da, en primer lugar, la existencia. Parte de una eterna iniciativa suya. Un amor totalmente gratuito. Pero es justo que sea correspondido. Un amor negado es odio; un amor dado, pero no correspondido se convierte en dolor. Y cuando Dios nos da, es lógico que luego nos pida, porque desea que seamos como El, a semejanza suya, en la cual debemos crecer sin límites: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Cuando Dios nos da, después nos pide. Y cuando nos pide es para poder darnos mucho más, porque quiere que compitamos con El en amor, como es entre el Padre (el Amante) y el Hijo (el Amado) y en esa competición del Amor Dios no se deja vencer. Hay algo que el Señor podría pedirme, que yo no quisiera darle, es decir, ¿que le negaría? Este simple examen de conciencia es capaz de descubrir si de verdad queremos ser sus hijos o no. Pero no olvidemos que Dios no tiene en cuenta lo que sentimos (que no depende de nosotros), sino lo que queremos; que nunca nos pedirá Dios cosas imposibles o que no nos haya dado; que nos basta su Gracia (1 a Cor 12,9), y que Dios es fiel y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, sino que con la tentación nos dará también la fuerza y el modo de superarla (1 a Cor 10,13). Mientras que nos pida cosas que no nos cuesta nada dárselas, para nosotros es fácil, pero no crecemos todavía en el amor. En el fondo, lo que nos pide es que renunciemos a nosotros mismos. Porque Dios no busca nuestras cosas (que El mismo no da), sino nuestro corazón, nuestro sí. ¡Nos pide nuestra voluntad para poder darnos la Suya! Como el Patriarca Abrahám, cada uno de nosotros tiene en el corazón alguna cosa o algún Isaac amado don de Dios, y antes o después Dios nos pide que se lo sacrifiquemos. Hagamos como Abrahám: aquel día no fue derramada la sangre del niño, sino que pronunciando su Fiat en lo profundo del corazón, se sacrificó él mismo en cuanto padre, para afirmar el derecho y la Paternidad del Padre Divino, el cual no se deja vencer y, en ese momento, Dios le dijo: Juro por mí mismo, palabra del Señor, que puesto que tú has hecho esto y no me has negado a tu hijo, tu único hijo, Yo te bendeciré con toda bendición y haré muy numerosa tu descendencia, como las estrellas del cielo y como las arenas del mar... Serán benditas por tu Descendencia todas las naciones de la tierra, porque tú has obedecido a mi voz (Gén 22,16-18). Como si dijera: Tú me has dado a tu hijo y Yo te cedo mi puesto de Padre: mi Hijo será tu Hijo (tu Descendencia). Dios no se deja vencer en amor. Si en la competición de amor Le permitimos que venza, vencemos con El nosotros, pero si queremos vencer nosotros solos, perdemos. ¡Y qué pérdida! Esa es nuestra RELACIÓN CON DIOS. ¿En qué consiste el Juicio? En examinar y por consiguiente separar lo que es verdadero de lo que es falso, lo que está bien de lo que está mal, lo que es conforme a la Voluntad de Dios 26
27 de lo que no lo es. En definitiva, es ver si amamos más la Verdad o nuestro yo. En esto consiste la prueba de la vida. Será el Amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, o será el amor de sí llevado hasta el desprecio de Dios (San Juan Pablo II). ¿Cuál es tu Dios? Al final de la historia, el Juicio final lo hará el Señor y no hay nada de oculto que no haya de ser revelado, ni de secreto que no haya de ser manifestado (Mt 10,26). Pero por ahora, momento por momento, el Juicio sobre nuestra vida lo hacemos nosotros mismos con cada intención y decisión nuestra. Ya hemos visto que no existe nada que no tenga una finalidad, una razón de ser. Todo lo que Dios ha hecho es por motivo de su Amor por nosotros y tiene como finalidad llevarnos a una plena comunión de Vita y de Amor con El. Por tanto, el valor de todo lo que existe y de todo lo que sucede lo da la finalidad que se propone quien lo hace. Por eso, sea que comais, sea que bebáis, sea que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo por la gloria de Dios (1 a Cor 10,31). Así, si la finalidad de lo que hacemos no converge, no sintoniza con la finalidad de Dios, se resuelve en pura pérdida. El que no está conmigo está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt 12,30). Deberíamos preguntarnos siempre en cada cosa que hacemos: ¿por qué lo hago? O mejor aún: ¿por quién lo hago? Todo el secreto de la vida se podría resumir en esto: saber recibir todo de Dios e inmediatamente poner todo en manos de Dios. Cada cosa, en cada instante. Las situaciones en que me hallo, las cosas que me suceden, las noticias que me llegan, las cosas agradables o desagradables que me hacen, que Dios no permitiría si no fueran ppr mi bien, por una finalidad de bien, por un fruto bueno que deberían producir (si acepto el juego de parte de Dios). Y las permite en la medida que pueden servirme de ayuda, hacerme el bien en vista a la finalidad última. Si recibo una carta, no importa si el cartero es simpático o antipático: lo importante es el mensaje y Quien me lo envía Así tantas cosas pueden llegarme por medio de las causas secundarias, por medio de las criaturas, que a menudo no saben de qué se trata; pero yo debo reconocer que vienen de Dios. Y que Dios espera una respuesta mía. ¡Esta es mi relación con Dios! Porque cada uno de nosotros es único ante Dios. Si un padre tiene diez hijos, cada hijo es único para él. Por eso, cada uno de nosotros ha venido al mundo solo, y solo se irá. Cuando llegue la hora, aunque a nuestro alrededor tengamos quinientos amigos queridos que nos quieren mucho, nada podrán hacer por nosotros: estaremos solos. O, mejor dicho: estaremos solos con Dios. Y si eso es evidente al comienzo y al final de la vida, es igualmente cierto todos los demás días. Al final de la jornada, cuando se baja el telón y se apagan las luces del teatrito de la vida, en este gran teatro vacío quedamos sólo dos: mi Padre del Cielo y yo. Y en ese momento, puedo imaginarlo sentado a mi lado, que me abraza y me dice: bueno, hijito mío, ¿qué de bueno hemos hecho hoy? ¿Y todos los demás? No están. Mejor dicho, son las ocasiones de Dios, son los canales de los que se sirve para hacerme llegar normalmente su Providencia, sus Noticias, su Amor y a través de los cuales desea che yo Le dé mi respuesta de gratitud y de amor. Esa es la misión y el significado de las criaturas y de mi prójimo Tan próximo, que desde la eternidad el Padre ha mirado a Jesús y, en su Humanidad, ha visto todo y a todos. Así me ha conocido y amado en cuanto miembro de su Cuerpo Místico, no separado de quien es su Cabeza y de todos los demás miembros del Cuerpo. No están... y sí que están, o, mejor dicho, deben estar en mí. ¿Cuándo Dios preguntó a Caín Dónde está tu hermano?, Caín se encogió de hombros y dijo: ¡Qué sé yo! ¡No soy yo el guardián de mi hermano! (Gen 4,9). Pero yo debo decir: ¿Que dónde están mis hermanos? Están todos aquí, en mí, en mi corazón 27
28 porque es cierta la primera dimensión personal del hombre: que cada uno es único y solo ante Dios (de hecho, si yo como, no es que otro hace la digestión), pero es también verdad esta segunda dimensión: la dimensión social, por la cual casi todo lo que soy yo me llega por medio de los demás, y lo que yo hago tiene consecuencias en el bien o en el mal para los demás. Mi relación con Dios tiene estas dos dimensiones: de ella forma parte mi prójimo e incluso todo el resto de la Creación. Entre el Cuerpo físico, personal de Cristo y su Cuerpo místico (su Iglesia) hay una profunda relación, una interdependencia, por la cual todo lo que nos pasa a nosotros y lo que hacemos repercute en El, y viceversa. Eso explica su Pasión, así como la Eucaristía. El Padre ha mirado a Jesús y nos ha visto a todos, a cada uno de nosotros. Ahora, mirándonos, quiere ver a su Único Hijo, Jesucristo. Y en nosotros quiere hallar a Jesús con todo su Cuerpo Místico e incluso con todas las criaturas: ¡en nosotros! Quiere que nos hagamos cargo de todos y de todo, que abracemos todo y a todos, y con Jesús y como Jesús demos al Padre respuesta de amor por todos y todo. ¡A esta relación universal con Él nos llama! Así que todos los días, por la mañana, el Padre me está esperando con tanto amor; he de presentarme a El revestido de su Hijo, con Jesús, para que me reconozca: Heme aquí, oh Padre, que vengo para hacer tu Voluntad, y además de mi respuesta personal desea que le presente el homenaje de adoración, alabanza y gloria, de bendición, agradecimiento y amor que le deben todas las criaturas En mi relación con El deben estar presentes todas las criaturas: Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío. Es más, como para un hijo la verdadera herencia no es tanto las cosas de su padre, sino el Padre mismo, puedo y debo decirle: ¡yo soy tuyo y Tú eres mío! Son tantas las reflexiones sobre la vida en esta vida, si tomamos como clave de lectura el Padrenuestro, a la luz del cual halla suficiente comprensión el misterio del hombre con sus múltiples paradojas y contradicciones (cfr. Constitución Gaudium et Spes, n. 10, del Concilio Vaticano II). Se trata, en efecto, de un camino de regreso del hijo pródigo a la Casa del Padre. En la cual ese hijo que representa a Adán y es la entera humanidad era feliz, era rico, de nada tenía necesidad, para él no existía ignorancia, ni debilidad, ni sufrimiento, ni temor, ni muerte. Esto es de fe. Su ruina fue el pecado, separarse de Dios su Padre con hacer algo contra la Voluntad de Dios que le daba la vida y todo. Pero Dios mismo, el Padre infinitamente bueno, cuando llegó la plenitud de los tiempos, vino a su encuentro para abrazarlo y salvarlo, con los brazos abiertos de Cristo en la Cruz. Y Él nos ha enseñado a decir Su oración, o sea, la nueva actitud de corazón hacia Dios, la nueva relación de confianza y de amor al Padre. Ya no más siervos, sino hijos amados. Notemos que diciendo el Padrenuestro es como si recorriéramos precisamente la figura de Cristo crucificado: Padre nuestro que estás en los cielos: y parece que el Padre Divino esté ahí, poco por encima de la Cruz, mirando Santificado sea tu Nombre: y la mirada va al Rostro de Cristo. Quien me ve a Mí ha dicho ve al Padre Venga tuvo Reino: pero ¿dónde está ese Reino? Ahí está el pecho, el Corazón de Jesús Hágase tu Voluntad y sus brazos están abiertos así en la tierra como en el Cielo, de un extremo al otro, cuanto dista la derecha de la izquierda, de oriente a occidente, de norte a sur. Hasta aquí hemos dicho tu nombre, tu Reino, tu Voluntad, Pero en la segunda parte de la oración decimos nuestro o pedimos por nosotros. Prosigamos contemplando: Danos hoy nuestro pan de cada día: y miramos el vientre del Crucificado. Perdona nuestras ofensas, y ahí están las rodillas contusas de Jesús. Pero 28
29 en esto, El, que ha dicho cada frase con nosotros, del lado del hombre, pasa del lado de Dios que es, y junto con el Padre y el Espíritu Santo añade: como Nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿Cómo habría podido poner nuestro modo de perdonar como modelo y medida del perdón divino? Es todo lo contrario. Pero nos lo pone en la boca y lo decimos con El para aprender a perdonar como Dios perdona: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Y no nos dejes caer en la tentación, no permitas que caigamos: la mirada va a los pies traspasados y deformados del Crucificado. Mas libranos del mal: y la mirada baja al pie de la Cruz, a lo profundo. Del mal y del maligno. También esto es un recorrido. Dios es simplicísimo y es un solo Dios. Así estas varias frases expresan en realidad una sola petición que pronunciada por Jesús es también una promesa, una sola cosa con algunas consecuencias. Como Él ha dicho: Buscad ante todo el Reino de Dios y su Justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. El Padre Divino recibirá honor y gloria de sus hijos, que como tales sentirán y vivirán, cuando venga su Reino: sea santificado (por nosotros) tu Nombre. ¿Y en qué consiste su Reino? Que su Voluntad sea para nosotros lo que es para El: la fuente de la vida, de las obras y de todo bien y felicidad. Que sea para nosotros lo que es para Jesús: el Pan, el Alimento que el hombre no conoce, como dijo a sus discípulos en el episodio de la Samaritana. Por eso, al pedir que nos dé hoy nuestro pan de cada día Él se refiere no sólo al pan material que, si es capaz de alimentar, es porque en él está la Voluntad del Padre, sino que piensa también al Pan Eucarístico que, aunque es El realmente presente y vivo, no logra ser eficaz y a transformarnos, si no comemos también su Pan, que es la Voluntad del Padre. Así que son tres panes lo que pedimos, pero el decisivo es el de la Voluntad Divina en cuanto origen y protagonista de todo en nuestra vida. ¿Debemos entonces dejar todo para después de la muerte, en el más allá? ¿Pero entonces, por qué decimos que venga en vez de decir vamos? ¿Por qué decimos que se haga en la tierra como en el Cielo, de esa misma forma? En una palabra, pedimos que el Padre y los hijos tengan la misma y única Voluntad: este es el resumen del Padrenuestro y de toda verdadera oración. Ese día todavía ha de llegar el hijo pródigo estará de nuevo en la Casa Paterna, en la Voluntad de las tres Divinas Personas, que forma su Vida y su felicidad. Estará de nuevo en el orden, en su puesto y en el fin para el que Dios lo creó. Entonces será de nuevo rico, feliz y santo. Será de nuevo a semejanza de su Creador y Padre. Entre tanto estamos viviendo las fases decisivas de un drama, de una lucha apocalíptica de Reino contra reino. Espectadores, actores y objeto de disputa. ¡Es la hora de la Decisión! Nadie puede servir a dos dueños, ha dicho Jesús. O Dios o el propio yo. Será el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, o será el amor de sí llevado hasta el desprecio de Dios, como dijo Juan Pablo II. Será la Voluntad de Dios la que vence (si queremos) o será la nuestra la que pierde, cuando queremos vencer contra la Divina. Si dejamos que venza la Voluntad de Dios, también nosotros vencemos; si hacemos prevalecer la nuestra, junto con El también nosotros perdemos. Padre, si es posible, pase de Mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad, ¡sino la Tuya! Y Jesús murió en la Cruz para expresar en El esta oposición. Dos palos cruzados, dos troncos, eran los de los dos árboles reales y a la vez simbólicos del Paraíso: el árbol de la Vida y el del conocimiento del bien y del mal. Figura de la Voluntad de Dios el primero, el palo vertical, que une Cielo y tierra; figura de la voluntad humana el segundo, el palo horizontal, que cuando se pone en oposición, atravesado, ¡diciendo no quiero forma la cruz, el dolor recíproco, la muerte! ¡Qué tremendo Misterio! Dios ha querido crear al hombre sólo 29
30 por amor, para que fuese su hijo, su interlocutor, su heredero; un pequeño dios creado, ¡otro Sí mismo! Es, dice San Pablo, el misterio de su Voluntad (Ef. 1,9). Frente a este misterio de la Piedad ha surgido otro: el misterio de la impiedad: Sí, desde ahora el misterio de la impiedad está actuando (2ª Tes. 2,7). Es lo que el Apocalipsis llama un misterio, Babilonia la grande, misterio de algo que está representado en una grande prostituta y en la bestia sobre la que va sentada (Apoc. 17,5 y 7). Se levantará nación contra nación y Reino contra reino (Mt. 24,7). Son los dos misterios contrapuestos del Apocalipsis (cap. 12 ss.): María, Arca de la Alianza, en el Santuario de Dios (la Divina Voluntad) la Mujer vestida de Sol, parturienta gloriosa de Cristo Rey, es la Santa Iglesia, la esposa del Cordero, la nueva Jerusalén. ESTE MISTERIO O PROYECTO DE DIOS parte de un solo Cristo, del Hijo de Dios, para luego multiplicarse en tantos hijos de Dios semejantes a Jesús, que forman su Cuerpo Místico a partir de Aquel que es su cabeza. El dragón (la serpiente antigua, llamado diablo y satanás) la grande prostituta que da a luz a1 Anticristo, la parodia de la Iglesia, que persigue a la Iglesia, Babilonia la grande. ESTE MISTERIO DEL DEMONIO, para imitar el Proyecto de Dios al revés, parte de muchos anticristos (1 a Jn 2,18-19) para concentrarse cada vez más hasta el último y más grande, y forma así una especie de anticuerpo místico, a partir de los pies hasta su cabeza. Estas son las cosas que al final cuentan: ¿de qué parte gota a gota, día tras día nos estamos poniendo? Es la hora de la más grande y trascendental Decisión. Para siempre. Todo lo que Dios ha hecho es perfecto, todo es SAGRADO y SANTO. En el orden primordial de la Creación todo, y en primer lugar el hombre, era sagrado, es decir vinculado con Dios, destinado a Dios, y santo, que significa que era según el orden perfecto querido por Dios. Lo contrario de sagrado es profano, profanado, o sea, privado de Dios, falsificado, desviado de la finalidad para la que ha sido creado. Desde el momento que todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 a Cor 3,22-23), al pecado del hombre lo ha profanado a él mismo, en primer lugar, y ha profanado todas las cosas. Por eso la creación misma espera con impaciencia la manifestación de los hijos de Dios; de hecho, ha sido sometida a la vanidad no por su propio querer, sino por el de aquel que la ha sometido y nutre la esperanza de ser también ella liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos de hecho que toda la creación gime y sufre hasta ahora en los dolores del parto (Rom 8,19-22). Así es evidente el significado del título que el Señor ha dado a los Escritos de Luisa: El Reino de mi Divina Voluntad en medio de las criaturas Libro de Cielo El llamado a la criatura al orden, a su puesto y a la finalidad para la que fue creada por Dios. La obra de la Redención implica la necesidad de ofrecer un sacrificio. El sacrificio implica la necesidad de un sacerdote y de una víctima, o sea, de alguien que tenga algo que ofrecer a Dios. Es ofrecer a Dios, pero más que ofrecer se trata de devolver, de restituir, de dar como respuesta y de restablecer un orden violado, de reparar una injusticia hecha a Dios. 30
31 si no hubiera habido el pecado, sin la injusticia del pecado, el ofertorio a Dios habría sido una pura correspondencia de amor, de alabanza, de gratitud. Pero con el pecado, el necesario ofrecimiento es debido también a la necesidad de reparar una injusticia, de restaurar una situación de grave desorden. El sacrificio es por consiguiente hacer sagrado (perteneciente a Dios) lo que ha sido hecho profano por el pecado, desviado de la Voluntad de Dios. Y lo que se ofrece es una víctima. Y así como el sacrificio puede ser (según el motivo por el que se ofrece): holocausto, sacrificio expiatorio, de comunión, de acción de gracias, etc., así hay distintos tipos de víctimas: víctima de expiación, de reparación, de honor, de amor, etc. Son los diferentes oficios a los que pueden ser destinadas. Después del pecado el hombre instintivamente empezó a ofrecer a Dios sacrificios y hostias pacíficas, privándose de algo suyo, de alguna cosa importante, significativa, de lo que para él era más precioso. ¿De qué forma? Destruyéndola para él, en especial mediante el fuego, para que no quedara nada para él (y entonces se trataba de un holocausto o de un sacrificio de expiación), o bien destruyéndola sólo en parte, es decir, una parte la ofrecía a Dios y una parte tratándose de un animal dejándola para él, para comerla, y de ese modo era un sacrificio de comunión con Dios: compartir con Dios lo que nutre y sirve para la vida. En un determinado momento de la historia de las relaciones del hombre con Dios aparece la figura de Melquisedec, rey y sacerdote del verdadero Dios, que ofrecía a Dios pan y vino (el alimento humano, pacífico), y le dio también a Abrahán como signo di comunión sagrada, bendiciéndolo. Pero Dios no busca nuestras cosas; es El quien nos las da. Dios nos quiere a nosotros, quiere eso nuestro que se rebeló a Él, eso que arrastró al hombre y con el hombre a toda la Creación al desorden y al abomino de la profanación: Dios quiere nuestra libre voluntad. ¿Con qué me presentaré al Señor y me postraré ante Dios altísimo? ¿Me presentaré a Él con holocaustos, con terneros de un año? ¿Agradarán al Señor miles de corderos y torrentes de aceite a miríadas? ¿Le ofreceré tal vez a mi primogénito en cambio de mi culpa, el fruto de mis entrañas por mi pecado? Hombre, se te ha enseñado lo que es bueno y lo que el Señor te pide: que practiques la justicia, que ames la piedad, que camines humildemente con tu Dios (Miqueas 6,6-8). ¿Qué víctima ha de ofrecer el sacerdote a Dios, en reparación de la injusticia cometida? En Cristo se manifiesta la identificación del Sacerdote y la Víctima: por un Espíritu Eterno se ofreció a Sí mismo inmaculado a Dios (Heb 9,14). ¿De qué manera? Entrando en el mundo, Cristo dice: Tú no has querido ni sacrificio ni oferta, sino que un cuerpo me has dado. No has aceptado holocaustos ni sacrificios por el pecado. Entonces he dicho porque de Mí está escrito en el volumen del Libro heme aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu Voluntad. Después de haber dicho: No has querido y no has aceptado ni sacrificios ni ofertas, ni holocaustos ni sacrificios por el pecado, todas esas cosas que se ofrecen según la ley, añade: Heme aquí que vengo para hacer tu Voluntad. Así ha abolido el primer orden de cosas para establecer el segundo. Y precisamente es por esa Voluntad por la que hemos sido santificados, mediante el ofrecimiento del cuerpo de Cristo, hecho de una vez para siempre (Heb 10,5-10). También el discípulo de Cristo, el cristiano, debe ofrecerse a sí mismo a Dios: Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio viviente, santo y agradable a Dios: ese es vuestro culto espiritual (Rom 12,1). Es un sacrificio viviente: no se trata de matar el propio cuerpo, de inmolarse a sí mismo, porque es un culto espiritual, no material. ¿Pero de qué forma se debe ofrecer y sacrificar? Haciendo que sea consagrado (= sacrificado), hecho sagrado, perteneciente a Dios, al servicio de Dios, dedicado a hacer su Voluntad. 31
32 quién ha de sacrificar, es decir, hacer sagrada la víctima? Alguien que es sagrado, es decir, el sacerdote. El sacerdote sacrifica, o sea consagra la víctima. Pero como Cristo se ofreció El mismo, así el cristiano (que por el Bautismo está unido a Cristo y es sacerdote de sí mismo) no ha de ofrecer víctimas ajenas, sino la víctima propia, a sí mismo. Precisamente la propia libre voluntad, eso que llamamos el corazón del hombre. Sólo así se hace santo. Ahora bien, una hostia no puede consagrarse a sí misma, hace falta un sacerdote que la consagre en la Misa, que, pronunciando las palabras de Cristo, cumpla su Sacrificio de un modo incruento: la hostia al instante es transformada: de golpe deja de ser harina de trigo y se convierte en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, viviente bajo los velos accidentales de la Hostia. Por el contrario, tratándose del hombre, por el Bautismo es habilitado a ofrecer el sacrificio de sí mismo y por tanto puede consagrarse a sí mismo, gracias a esa Voluntad Divina que, hecha por él, le da el poder de transformarse en Cristo: todos nosotros, a cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen suya, de gloria en gloria (poco a poco), mediante la acción del Espíritu del Señor (2 a Cor 3,18). Además, si la hostia es consagrada o transformada al instante, es porque no tiene una voluntad con la cual pueda interferir en la acción de la Voluntad Divina que la consagra, mientras que, en el hombre, teniendo una voluntad suya propia, esta consagración o trasformación en Cristo tiene lugar si es que sucede poco a poco, a medida que su querer humano cede el puesto al Querer Divino. Jesucristo, el Verbo Encarnado, por Sí mismo es sacro y santo: no ha de ser hecho sagrado (consagrado) por nadie, es El quien hace sagrado al hombre y a toda la Creación, o sea, la restituye a Dios, la restablece en el estado original de justicia o santidad. Él es el que quita el pecado del mundo, o sea, cancela toda profanación: no llames inmundo (profano) lo que Dios ha purificado, dijo el Ángel a Pedro (Hechos, 10,15). Él es el Sumo y eterno Sacerdote: El Señor ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec (Salmo 109,4). El hace partícipes de su Sacerdocio a todos sus hermanos, miembros de su Cuerpo Místico, de una doble forma: mediante el Bautismo y mediante el sacramento del Orden Sacerdotal. Por el Bautismo, el hombre es capaz de reconectar con Dios todas las cosas, de hacer sagrado todo lo que Dios ha creado, toda la Creación. Vivir la espiritualidad del sacerdocio real recibido en el Bautismo es la verdadera y única solución al problema de la ecología: ya sea que comais, o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 a Cor 10,31). Todo ha de ser ocasión de entrar en comunión con Dios, comunión de agradecimiento, de alabanza, de bendición, de amor; comunión con Su adorable Voluntad. Todas las cosas, los animales, las plantas, el sol, el agua, el viento, los campos, las estrellas, todo nos está diciendo: tómame, llévame contigo no tanto en tus manos cuanto, en tu corazón, en tu espíritu y llévame al Creador tuyo y mío; El me creó por ti y tú no tienes que ser ingrato y ciego ante su Providencia, Sabiduría y Amor. Ofréceme a Él como homenaje de gratitud, de alabanza, de gloria y de amor; sólo eso es la razón de mi existencia. Todo lo que ha salido de Dios en la Creación ha de volver a Dios, pero sólo el hombre, que es el destinatario, puede hacerlo, dando voz, palpitar y vida a todas las cosas que no pueden hacerlo por sí mismas, al no tener una voluntad responsable, dotada de libre albedrío, como por el contrario puede hacerlo el hombre, creado para ser el verdadero rey y sacerdote de la Creación (incluidas las galaxias). Y el mundo no puede acabar, si antes no ha sido restablecido del todo el orden primordial de la Creación: cada cosa del mundo y de la vida humana tiene que ser restaurada en Cristo, es decir en la Voluntad Divina. No podrá llegar el fin del mundo sino después de que el último hijo de Dios haya dado su homenaje de correspondencia 32
33 al Creador con un te reconozco, te adoro, te alabo, te bendigo, te amo por cada cosa creada. Sólo así todo volverá a Dios. Será como dice, con su lenguaje pintoresco, el profeta Zacarías (14,20-21): En aquel tiempo hasta en los cascabeles de los caballos se verá escrito: «Consagrado al Señor», y las calderas en el templo del Señor serán como los cálices que hay ante el altar. Es más, todas las ollas de Jerusalén y de Judá serán sagradas para el Señor, rey de los ejércitos; y cuantos quieran ofrecer sacrificios vendrán y las usarán para cocer las carnes. En aquel día no habrá ni siquiera un Cananeo (un mundano) en la casa del Señor de los ejércitos. Pero a los mismos hombres, ¿quién deberá reconciliarlos con Dios, ¿quién puede hacerlos sagrados y santos? Otro hombre, tomado (elegido por Dios) de entre los hombres, es constituido por el bien de los hombres en las cosas que se refieren a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Heb 5,1). Es el Sacerdote ministerial, que llega a serlo mediante la imposición de manos de un Obispo, sucesor de los Apóstoles, los primeros Sacerdotes del Nuevo Testamento: es decir, mediante otro Sacramento, el Orden sagrado o sacerdotal. Los sacerdotes del Antiguo Testamento, de la tribu de Levi, como Aarón, se transmitían el sacerdocio, de padre a hijo. Los del Nuevo, que llegan a serlo por la participación al Sacerdocio de Cristo, es porque son llamados por Dios. Es Dios el que llama a la vez por dentro, en la conciencia, y por fuera, mediante la Autoridad de la Iglesia. Los antiguos sacerdotes representaban al pueblo ante Dios y ofrecían a Dios lo que el pueblo tenía que ofrecer. Los Sacerdotes de la Iglesia representan sobre todo a Dios ante el pueblo, son expropiados voluntariamente y por amor, actúan in Persona Christi, en la Persona de Cristo. No son solamente otro Cristo (alter Christus) como lo es todo bautizado, sino que han de ser una sola cosa con Cristo (ipse Christus). Por eso pueden ofrecer a sus hermanos las cosas de Dios: el Camino, la Verdad, la Vida misma de Dios; la luz, la consolación, el perdón, la salvación, el mismo Señor. Y como Cristo, son llamados a tener un pequeño cuerpo místico, dentro del grande Cuerpo Místico que es la Iglesia. Por eso, el Sacerdote que celebra el Sacrificio de la Misa, desde el momento que sale de la sacristía para subir al altar ya está en profunda comunión con el Señor (tanto si se da cuenta, como si no se da), mucho antes de recibirlo él mismo y los fieles en la Comunión Eucarística. Desde el primer momento está tan unido a Cristo (y así debería estar identificado en todo, veinticuatro horas al día), que puede por tanto decir en un determinado momento: Esto es mi Cuerpo, éste es el cáliz de mi Sangre Considero que esto sea el más profundo motivo del celibato del Sacerdote, que la Iglesia Católica considera un valor no negociable, sin con eso criticar esas situaciones particulares excepcionales de sacerdotes casados (hombres casados que son ordenados sucesivamente sacerdotes, no antes), en lugares en los que por razones históricas la Iglesia lo admite, como es en el rito oriental. Yo no sé latín, que es la lengua oficial de la Iglesia. Me consuela saber que tampoco el Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, patrono de los párrocos, lo sabía. Me basta saber la palabra esencial: FIAT. Luisa empieza cada escrito suyo con esta palabra, y no es casual. Con esta palabra (¡Hágase!) Dios comenzó todas sus Obras: - la Creación (¡Fiat lux!, Hágase la luz, Gen 1,3), - la Encarnación del Verbo (Fiat mihi secundum Verbum tuum, Hágase en mí según tu Palabra, Lc 1,38), palabra pronunciada por María; - la Redención (non mea voluntas, sed Tua fiat, no se haga mi voluntad sino la Tuya, Lc 22,42), palabra pronunciada por Jesús en el huerto de los Olivos; 33
34 - la invocación para que venga su Reino ( Fiat Voluntad tua, sicut in Coelo et in terra, hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo, Mt 6,10). Esta palabra resume en sí todo lo que Luisa ha dicho y ha vivido, de la misma manera que expresa todo lo que Dios hace, es más, la Vida misma de Dios, su Acto eterno y absoluto, expresión de su Querer infinitamente Santo. Y tengamos presente que, si bien en Dios todas sus cosas forman una perfecta Unidad, podemos hacer una distinción entre su Divina Voluntad (que es un sustantivo: es decir, indica la Sustancia en sentido filosófico, precisamente lo que Él es), y su Divino Querer (que es un verbo, si bien sea sustantivado: indica su Vida, lo que Dios hace), de igual manera que una cosa es el corazón y otra el palpitar del corazón, o bien un motor y otra el movimiento del motor, y otra los efectos que produce. Así podemos decir que, si el corazón representa la voluntad, el palpitar indica el querer y el movimiento que produce es figura del amor. Por tanto, la palabra Fiat, que a menudo hallamos en las páginas de Luisa, en general indica el Querer Divino, el Acto único, infinito y eterno en el que Dios es Aquel que es, y hace todo lo que hace, el Acto que contiene toda su Vida Divina y sus obras. El Fiat Divino contiene todo, hace todo, es el origen y la fuente de todo bien y felicidad, mientras que el Fiat que el hombre puede pronunciar es para unirse, identificarse con el Fiat de Dios. Con la palabra Fiat la Divina Voluntad expresa todo lo que es, mientras que otras palabras (por ejemplo: OK, está bien, de acuerdo, sí señor) expresan sólo un consentimiento a una determinada cosa querida por Dios o por alguien. Esto es el Fiat Divino. Podríamos decir tantas otras cosas más: que para ser santos más aún, para salvarse hace falta decir con hechos que sí a Dios, mientras que el vivir en la Divina Voluntad es decir además Sí con Dios, y no sólo, sino decir el Sí mismo de Dios: Heme aquí, oh Padre, que vengo para hacer mía tu Voluntad..., que vengo para hacer contigo tu Voluntad..., que vengo para hacer realidad en mí tu Voluntad... ¿Y a qué cosa Dios dice Sí? Se lo dicen recíprocamente las Tres Divinas Personas, lo dicen eternamente a la Stma. Humanidad del Verbo Encarnado, a su Madre Stma.. Lo dicen a los infinitos Atributos de Dios: a su Gloria, a su Bondad, a su Sabiduría, a su Amor, a su Misericordia, a su Justicia o Santidad, etc. Dicen su Sí a todas sus obras y criaturas, a cada circunstancia que Dios permite o establece para cada uno de nosotros El Hijo de Dios, Jesucristo, que hemos predicado entre vosotros, Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no, sino que en él ha sido el Sí. Y en realidad todas las promesas de Dios en él sono Sí. (2 a Cor 1,19-20) Sí o Fiat dice Dios: por eso es justo y necesario que el hombre, para poder ser hijo de Dios, diga él también sí o Fiat. Pero el sí o Fiat del hombre expresa sólo una intención, un deseo, mientras que el Sí o Fiat de Dios realiza lo que quiere: por eso Dios desea que nuestro sí o Fiat y el Suyo sean una sola cosa, como las pocas gotas de agua unidas al vino en el cáliz para celebrar la Misa, o como una gota de agua que se arroja en el mar para formar unidad y así hacer con Dios lo que hace Dios y vivir con Dios lo que vive Dios. Amén. 34
35 hija, la fe hace conocer a Dios, pero la confianza lo hace encontrar, de modo que la fe sin la confianza es fe estéril. Y a pesar de que la fe posee inmensas riquezas para que se pueda enriquecer el alma, si falta la confianza se queda siempre pobre y desprovista de todo. (N. Señor a la pequeña Hija de la Divina Voluntad, la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, el) Dejad que los niños vengan a Mí, no se lo impidáis, porque a quien es como ellos pertenece el reino de Dios. En verdad os digo: el que no acoge el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Lucas 18,16-17) Y yo, hermanos, hasta ahora no he podido hablaros como a hombres espirituales, sino como a seres carnales, como a recién nacidos en Cristo. Os he dado de beber leche, no un alimento sólido, porque no erais capaces de tomarlo. Y ni ahora lo sois; porque todavía sois carnales: ¿puesto que entre vosotros hay envidias y discordia, no sois acaso carnales y no os comportáis de una manera del todo humana? (1 a Cor 3,1-3). La Santidad de mi Querer quiere ser conocida... Pero si no se conoce, ¿cómo podrán amar y querer un modo de vivir tan santo? (El Señor a Luisa, el) (Lc 17,5) Así dijeron los Apóstoles al Señor. Quién de nosotros es capaz de responder afirmativamente a la pregunta del Señor: ¿el Hijo del hombre, cuando venga, encontrará fe sobre la tierra? (Lc 18,8). Que San Pedro pueda decirnos: Honor a vosotros que creéis; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores han descartado ha llegado a ser la piedra fundamental, piedra de tropiezo y de escándalo. Ellos tropiezan porque no creen a la Palabra (1 a Pt 2,7-8). Queridos hermanos, ha llegado el momento en que empieza el Juicio a partir de la casa de Dios (1 a Pt 4,17). Llega la hora de la prueba, de la tentación para todos: Sed moderados, vigilad, porque vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente va buscando a quien devorar; resistidle firmes en la Fe (1 a Pt 5,8-9). Todos sentimos la necesidad de ser fortificados en la Fe, por eso quisiera compartir con vosotros algunos pensamientos sobre la Fe. Seguramente las palabras fe y creer son algunas de las más numerosas en la Sagrada Escritura. Como curiosidad, en el Nuevo Testamento figuran respectivamente 242 y 243 veces. Por así decir, la verdadera Fe es como dejarse llevar de la mano de Dios, como hace un niño, y que Él nos conduzca. Por eso es estar seguros de Él, seguros de su Bondad, de su Omnipotencia, de su Sabiduría, de su Amor. Eso es darle el honor debido, es adorarlo, es glorificarlo. Eso es ser y querer ser plenamente suyos y saberlo y sentirlo totalmente nuestro. Eso es COMUNIÓN con El y de esa forma es acceder a su infinita Sabiduría, es tomar parte en su Omnipotencia, es experimentar su Amor. Es como dice San Pedro: Sin haberlo visto lo amáis y sin verlo creéis en El y por eso exultáis de alegría indecible y gloriosa (1 a Pt 1,8). Por eso ésta es la primera cosa, indispensable para poder ser agradar a Dios y podernos acercar a Él (Heb 11,6). Es la primera y la última bienaventuranza del Evangelio, que contiene en sí a todas las otras, las cuales se explican solamente con la Fe: Dichosa la que ha creído, dijo Isabel a María (Lc 1,14); Dichosos aquellos que sin haber visto creerán, dijo Jesús al Apóstol Tomás (Jn 20,29). ¿Por qué decimos la verdadera Fe? Porque no hay nadie que no crea en algo, y cuando no se cree en Dios se cree en tonterías. La luz es un don de Dios, así como los ojos nos les da 35
36 el, pero abrir o cerrar los ojos depende de nosotros: es decir, la Fe es un don de gracia, iniciativa de su Amor, pero acogerla depende de la buena voluntad del hombre. Por eso, con el corazón se cree para obtener la justicia (para que Dios nos haga justos) y con la boca se profesa la fe para alcanzar la salvación (Rom 10,10). La Fe nos inicia en el verdadero conocimiento de Dios y lo hace crecer en nosotros, haciéndose cada vez más experiencia viva. Por eso, además de ser declarada con palabras (el Credo) ha de traducirse en obras (en vida), obras de fe. Es como quien, entrando en un cuarto, enciende la luz apretando un botón: es una acción habitual, tan sencilla, que hacemos de forma natural, sin dudar ni crearnos problemas. Así la verdadera Fe ha de ser natural para nosotros, y entonces desaparece toda duda, todo temor, toda imposibilidad, todo límite Estas palabras, que no existen en el vocabulario de Dios, no deben existir tampoco en el de sus hijos. Por eso, sólo la verdadera Fe viva, disipando toda duda, nos da la seguridad; quitando todo temor nos da la verdadera paz; superando toda imposibilidad nos hace obtener todo: Todo lo que pidáis con fe en la oración, lo obtendréis (Mt 21,22). Pero hay que decir que, cuando la fe crece y se vuelve menos infantil y más madura, no pide cualquier cosa, sino que va sintonizando cada vez más con el Querer de Dios, conforme a la palabra del Señor: Buscad ante todo el Reino de Dios y su Justicia (o Santidad) y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33). Por eso, si pedir a Dios algo con fe de que nos la dará, ya es fe, estar seguros de que nos dará no tanto lo que queremos, sino lo mejor según su Querer, es una fe mucho más grande y más bella, ya que hacerse como un niño, dejándose llevar de la mano de Dios con confianza, creyendo en su Sabiduría y en su misteriosa Providencia, es verdadera madurez. En cuanto al sujeto que debe acogerla, la Fe es abrir la puerta de la mente a Dios (creer) para que, en nosotros entre su Luz, y nuestra voluntad es la mano que solamente desde dentro la abre. Y en cuanto al objeto poseído, la Fe se nos da desde el Bautismo en germen, como una semilla preciosa que ha de ser cultivada para que crezca hasta su plenitud y produzca su Fruto bendito. La Fe por tanto es «Dios poseído como Verdad». Pero nuestro creer y el don de la Fe crecen a la vez mediante la serie de gracias actuales que Dios nos concede y con nuestra correspondencia a esas gracias, las cuales llegan por medio de la oración, de lecturas espirituales (en particular, de la Palabra de Dios), de los distintos Sacramentos que se reciben y también mediante las diferentes situaciones en que nos hallamos cada día A veces son dispuestas misteriosamente por Dios situaciones extraordinarias, incluso extremas, con el fin de que progresemos aún más en la Fe. Pongamos como ejemplo un individuo que, en la Quinta Avenida de Nueva York, se pasea sobre un cable tendido entre dos rascacielos, a doscientos metros de altura La calle se llena de gente; hay periodistas, reporteros de televisión, bomberos, una ambulancia, la policía Grandes aplausos, entusiasmo, apuestas. En un cierto momento el equilibrista baja (suponiendo que no sea detenido antes por la policía), firma autógrafos, estrechas manos. Hay quien apuesta a que es capaz de hacerlo otra vez en bicicleta. Al más entusiasta de sus admiradores, el artista le dice: ¿Crees tú que soy capaz de cruzar allá arriba llevando una carretilla? El otro responde: Sí, sin duda, ¡porque eres extraordinario! ¿Cuánto quieres apostar? ¡Mil dólares! Está bien: ¡súbete en la carretilla! Eso lo hizo con Pedro, invitándolo a caminar sobre el mar hacia Él; pero Pedro de pronto se llenó de terror y empezó a hundirse. Jesús lo salvó, pero lo regañó: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? (Mt 14,28-31). Eso lo hizo con Pablo, que dice: No queremos que ignoréis, hermanos, cómo la tribulación que hemos pasado en Asia nos ha afectado sin medida, más allá de nuestras fuerzas, hasta dudar de la vida. Pues hasta hemos recibido una sentencia de muerte para que aprendamos a no confiar en nosotros mismos, sino en Dios que 36
37 resucita a los muertos. De esa muerte sin embargo nos ha librado y nos librará, por la esperanza que hemos puesto en El, que volverá a librarnos (2ᵃ Cor 1,8-10). Eso lo hizo con las hermanas de Lázaro cuando mandaron a decirle que su hermano estaba enfermo, pidiéndole que lo sanara; pero premió su fe permitiendo que empeorase hasta morir. También entonces, Marta, a pesar de haber declarado su fe intelectual (Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha de venir al mundo), estuvo a punto de vacilar y Jesús inmediatamente le dijo: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? (Jn 11). ¿Pero por qué pide el Señor esa fe en El? Como cuando Jesús fue con el jefe de la sinagoga, Jairo, a su casa para curar a su hijita, que estaba muriendo. Mientras iban, vinieron de su casa a decirle: Tu hija ha muerto, no hace falta que molestes al Maestro, pero Jesús le dijo: ¡Non temas! ¡Sigue sólo teniendo fe! (Mc 5,35-36). Era como decirle: Si tú ahora dudas, si me niegas el apoyo de tu fe, ¡me impides que intervenga! ¡Así, en vez de una sanación obtuvo una resurrección! ¿Parece que al Señor le guste ese juego, Abandonas o duplicas? Si El exige la fe sencilla y segura es para justificar su intervención divina. La gracia aún más grande, que quiere dar, requiere por parte de la criatura una fe más grande. Y bien sabemos que cuando Dios nos da, luego nos pide, y cuando nos pide es para poder darnos mucho más. De esa forma quiere acostumbrarnos a competir con El, la misma competición de amor infinito que hay entre las Tres Divinas Personas. Pero para vivir de fe, siendo el tesoro más grande, Dios suele rodear aparentemente nuestra vida de cosas normalísimas y sin importancia (mientras que a sus ojos la fe las hace extraordinarias e importantísimas); incluso deja al alma ciertas miserias, defectos involuntarios y a veces hasta algún pecado que, humillando al alma, en realidad la protegen de sí misma y de los ladrones del amor propio y la mueven a que haga más por el Señor. Por eso dijo el Señor a San Pablo: Te basta mi gracia; mi potencia se manifiesta plenamente en la debilidad (2ᵃ Cor 12,9). En esta vida caminamos en la Fe y todavía no en visión (2 a Cor 5,7). En esta vida el Señor nos da la luz suficiente per caminar hacia Él, si queremos, pero aquí todo es todavía en claroscuro. Y eso es necesario para poder corresponder a su Gracia de una forma libre y meritoria, no arrollados por la evidencia. La evidencia se tiene en el Cielo, donde la criatura posee su libre albedrío, pero no le pasa absolutamente por la cabeza preferir algo que no sea Dios. Se dice que la fe es ciega, mientras que la verdadera vista es penetrante, agudísima, porque va sustituyendo nuestra visión humana de las cosas con la visión misma de Dios: ¡la fe va siendo sustituida por la visión! La fe es apoyar nuestro asentimiento en el testimonio de Jesucristo, en la Palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y no en lo que percibimos con nuestros sentidos o pensamos con nuestra cabeza. Y la fe es esa conexión viva con Dios, esa verdadera comunión con Dios, que, a partir de la noticia o del conocimiento, se convierte en la certeza de que es mío (la esperanza cierta) y en experiencia de amor (la posesión de la caridad). El hombre por sí solo no es capaz de darse una respuesta a las preguntas fundamentales acerca de su origen, de su destino, de su verdadera naturaleza, de su vocación, de su papel y de su misión en el Universo, así como un niño pequeño no es capaz de saber él solo como se llama, quienes son sus padres, ni nada. Tal vez es hijo del rey o heredero de una inmensa fortuna, pero él no lo sabe. Necesita aceptar el testimonio de otro; en definitiva, el testimonio de aquel que lo ha traído al mundo. Tenemos necesidad del testimonio de Dios. ¡Ay del que lo desprecia! ¿Qué sería de ese niño, si no creyera en el testimonio de su padre? ¿Qué será del hombre que desprecia tantos lo hacen el testimonio que Dios nos da? Estamos hablando de la Fe teologal o sobrenatural, que nos da una comunión de vida con Dios; pero hay también otra fe, humana, como la que damos a los hombres y a sus noticias, y muchas veces somos invitados a darla a cosas que posiblemente tienen que ver con nuestra 37
38 actitud religiosa y nuestra relación con Dios. Por ejemplo, la fe que podemos dar a revelaciones privadas, apariciones marianas, etc. Es verdad que no forman parte del Credo, pero sirven entre otras cosas a poner a prueba la calidad de nuestra Fe sobrenatural, ya que la caridad se complace en la verdad; todo lo cubre, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera (1ᵃ Cor 13,6-7). Por eso dice San Pablo: No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1ᵃ Tes 5,19-21). Nos enseña a discernir. Debemos liberar nuestra mente de las falsificaciones de la Fe e intentar definirla describiéndola: - por ejemplo, el voluntariado que se hace por motivos extraños a Cristo; - no es lo que sugiere la New age, el cientismo, la superstición, el espiritismo, la magia, etc.; - no es lo que creen quienes se forman una religión personal a su gusto, la arrogante presunción de llegar con su propia inteligencia (sin la Gracia) al conocimiento de la verdad; cada quien se crea un dios a su propia imagen y semejanza; no puede ser opinión! - no es cualquier doctrina que no tenga como fundamento la Palabra de Dios, su Testimonio, como lo garantiza y lo conserva la Iglesia; - no es fideísmo: es decir un creer irracional, sin considerar qué es lo que creemos ni quien nos lo trasmite (la Iglesia), ni qué garantías o credenciales presenta, que se puedan examinar. Los mártires no son fanáticos. - no es un poder o una fuerza psicofísica o espiritual del hombre, con la cual se imagine que puede hacer que Dios haga lo que el hombre quiera, o que pueda obligarlo a que haga la propia voluntad humana; - no es regatear con el Señor: si tanto te doy, tanto Tú me has de dar en cambio ; - no es un esfuerzo físico o mental, como apretar los puños o los dientes y concentrar la mente para crear un pensamiento; - no es fruto o conquista del hombre, que pueda lograr con una lucha suya personal, con su empeño o esfuerzo; - no es una sugestión o un estado de ánimo, no es autoconvencerse, no es una presunción; - no es conocer de memoria, como una cantilena, las palabras de la Escritura o repetirlas como fórmulas mágicas; - no es honrar a Dios con los labios o con fórmulas y rituales, si el corazón está lejos de Él; - no es el apego a formas humanas de religiosidad o a tradiciones, haciendo de estas cosas (que son medios) fines, sustituyendo en el corazón a Dios con esas cosas; eso no es servir a Dios, sino servirse de Dios; - no es decir Señor, Señor, sino hacer la Voluntad de Dios; - no es decir templo de Yahvé, templo de Yahvé, templo de Yahvé es este (y así creerse a salvo), sino querer cambiar vida y convertirse cada día al Señor; - no es pertenecer a la Iglesia porque uno la frecuenta o porque recibe los Sacramentos, mientras que el corazón permanece pagano; es como estar bajo una catarata de Gracia sin quitar el tapón, o sea, el querer humano; - no es figurar por ejemplo en el registro parroquial de los Bautismos o de los Matrimonios, ni tener un carnet o un distintivo de que se pertenece a un grupo de oración, a un movimiento o a una asociación; a quién vamos a encantar? - no es llevar y aún menos, ostentar signos externos (por ejemplo, una cruz en el pecho) o decir determinadas palabras ( Ave María Purísima, aleluya, Fiat, etc.) o hacer ciertos gestos, mientras que la conducta dice lo contrario o da escándalo; 38
39 - no es tomar parte a ceremonias religiosas, a funciones, a procesiones o peregrinaciones a santuarios, cuando el verdadero motivo o intención no es dar gloria a Dios, hacer su Voluntad o responder a su Amor; - no es el pedir al Señor, sin intención de darle cuando El pide; o bien pedir con presunción o con desconfianza, o sin abandono, dejando que sea El quien disponga cómo y cuándo; - no es saber que Dios existe ( También el demonio cree y tiembla ), sino vivir con Dios (Tres Personas distintas) y en sintonía continua con su Voluntad, con su Amor - cuando parte de una verdadera, santa, divina, íntima e ininterrumpida relación con Dios; si nos hace ver a Dios; - cuando es vida que brota de comprender bien esta verdad fundamental con la que Dios nos interroga en cada momento: Quién soy Yo y quién eres tú? ¿Quién soy Yo para ti y qué cosa eres tú para Mí? ¿Cuál es mi Amor por ti y dónde está tu amor por Mí? Qué quiero Yo de ti y qué quieres tú de Mí? - cuando se basa en su Palabra, como nos la transmite y nos la garantiza la Iglesia, condensada y resumida en el Credo, pero necesaria y palpitante en toda la Sagrada Escritura; Palabra que no se puede amar si no se conoce; - si es la Luz que nos hace ver todo como lo ve Dios, con los ojos de Dios, y es el Motor que nos mueve a que hagamos lo que Dios quiere; - si es reproducir y dar vida en nosotros a todas las palabras del Señor y a todas sus obras y su vida; - si es amar la Verdad por encima de todo, dispuestos a sacrificarlo todo, incluso la propia vida, si hace falta, por defenderla. - si nos hace pensar cómo piensa Dios, querer lo que quiere Dios, amar como ama Dios; - si es creer, no sólo que Dios existe, sino en su Providencia perfecta, en su Sabiduría infinita y en su Amor incondicionado y absoluto por mí, siempre y en todo (lo cual es el resumen del Evangelio); - si se convierte en confianza plena en El, que se traduce en abandono, del cual nace la verdadera paz y la verdadera seguridad; - si llega a ser espíritu filial que se manifiesta como continua comunión de voluntad y de vida con Dios ( todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío ); - si en nosotros es vida, experiencia vivida, tanto que podamos decir: más que creer, yo sé, tengo la evidencia ; - si en nosotros llega a ser luz, tanto que eclipse todo lo que no es Dios, y en primer lugar nuestro propio yo con todo lo que a nosotros se refiere, de forma que nos perdamos de vista y veamos todo en la Luz que es Dios; - si es experimentar que Dios forma parte esencial de nuestra vida y que sin El no sabemos vivir; - si es certeza pacífica y segura de que Aquel que ha empezado en nosotros esta obra buena la llevará a cumplimiento, según ha dicho San Pablo en Filipenses, 1,6, porque Dios es Fiel (1 a Cor 10,13), es decir, digno de ser objeto de fe total por parte nuestra; - si es come el fuego que convierte en fuego todo lo que toca: así la Fe transforma a semejanza de Dios. - En una palabra, como actitud del sujeto que cree, que tiene la verdadera Fe, es la apertura plena de la mente y del corazón a todo lo que nos ha sido dicho de parte de Dios (cfr. Lc 1,45; Rom 10,10). - Y como objeto creído o contenido de la Fe, es «POSEER A DIOS COMO LA VERDAD». 39
40 «Jesús me hablaba de la fe y me dejaba, y yo sentía infundirme en el alma una vida de fe. Mi alma, tosca como me la sentía antes, ahora, después de haber hablado Jesús, me la sentía ligerísima, capaz de penetrar en Dios; y admiraba ya sea potencia, ya sea su santidad, o bien su bondad y demás, y mi alma quedaba estupefacta. En un mar de asombro decía: ¿Omnipotente Dios, qué potencia ante Ti no desaparece? Santidad inmensa de Dios, ¿qué otra santidad, por más sublime que sea, se atreverá a presentarse ante Ti? Después me sentía descender en mí misma y veía mi nada, la nulidad de las cosas terrenas, como todo es nada ante Dios; yo me veía como un gusanito, todo lleno de polvo, que trepaba para dar algún paso y que para destruirme era suficiente que alguien me pusiera el pie encima, y quedaría desecha. Por tanto, al verme tan fea, casi no me atrevía a ir a Dios, pero se presentaba ante mi mente su Bondad y sentía que me atraía como un imán para ir a Él, y me decía yo misma: Si es Santo, es también Misericordioso; si es Potente, es también plena y suma Bondad. 1 me parecía que la Bondad lo rodeaba por fuera y lo inundaba por dentro; cuando miraba la bondad de Dios me parecía que superase todos los demás atributos, pero luego, mirando a los otros, los veía a todos iguales en sí mismos, inmensos, inconmensurables e incomprensibles a la naturaleza humana» (Volumen 1). «En un instante el Señor me ha atraído tanto a Él, que me he sentido afuera de mí misma en la bóveda de los cielos, junto con Jesús, y me ha dicho estas precisas palabras: La Fe es Dios. Esas dos palabras tenían una luz inmensa, imposible de explicar; pero lo diré como pueda. En la palabra fe comprendía que la fe es Dios mismo. Así como al cuerpo el alimento material le da vida para que no muera, así la fe da la vida al alma; sin la fe el alma está muerta. La fe vivifica, la fe santifica, la fe espiritualiza al hombre y le hace dirigir la mirada a un Ser Supremo, de modo que nada aprende de las cosas de acá abajo, y si las aprende, las aprende en Dios. ¡Oh, la felicidad de un alma que vive de fe! Su vuelo es siempre hacía el Cielo; en todo lo que le sucede se contempla siempre en Dios y, como en la tribulación la fe la eleva a Dios y no se aflige y ni siquiera se lamenta, sabiendo que no debe tener aquí su contento sino en el Cielo, así, si la alegría, la riqueza, los placeres la rodean, la fe la eleva a Dios y dice para sí: Oh, ¡cuánto más contenta, más rica seré en el Cielo! Por tanto, las cosas terrenas le dan fastidio, las desprecia y se las pone bajo los pies. A mí me parece que a un alma que vive de fe, le pasa como a una persona que posee millones y millones, incluso reinos enteros, en el caso de que otra quisiera ofrecerle en cambio un céntimo: ¿qué diría? ¿No lo tomaría a mal, no se lo tiraría a la cara? Añado: ¿y si ese céntimo estuviera todo cubierto de lodo, como son las cosas terrenas? ¿Y si encima ese céntimo se lo diera sólo prestado? Esa persona diría: ¿Poseo y disfruto de inmensas riquezas, y tú te atreves a ofrecerme ese vil céntimo, tan sucio y sólo per poco tiempo? Yo creo que retiraría inmediatamente la mirada y no aceptaría el regalo. Así hace el alma que vive de fe, respecto a las cosas terrenas. Volvamos de nuevo a la idea del alimento. El cuerpo, tomando el alimento, no sólo se sostiene, sino que participa de la sustancia del alimento, que luego se transforma en el mismo cuerpo. Así hace el alma que vive de fe; como la fe es el mismo Dios, el alma llega a vivir del mismo Dios y, alimentándose de Dios, participa de la sustancia de Dios, y participando se va asemejando a Él y transformándose en el mismo Dios. Por tanto, al alma que vive de fe le 1 - A menudo la Sierva de Dios vuelve a estos dos sentimientos del alma ante Dios, tan lejano y tan cercano: el santo temor (reverencia) y la confianza del amor, el sentido de la infinita Majestad de Dios (porque es Señor) y la confianza filial (porque es Padre), su Justicia o Perfección y su Misericordia. Ambos sentimientos caracterizan el espíritu de siervo y el espíritu filial de hijo. Notemos de dónde parte Luisa y adonde la conduce Jesús. 40
41 sucede que: santo es Dios, santa es el alma; potente es Dios, potente el alma; sabio, fuerte, justo es Dios, y sabia, fuerte, justa es el alma, y así todos los demás atributos de Dios. En una palabra, el alma llega a ser un pequeño Dios. Oh, la dicha de esa alma en la tierra, ¡para luego ser aún más dichosa en el Cielo! Comprendí además que las palabras que el Señor dice a las almas que ama no significan otra cosa, sino: te desposaré en la Fe, que el Señor en ese místico desposorio dota las almas de sus mismas virtudes. Me parece que es como dos esposos, que unen lo que ambos poseen: no se conoce ya lo que es del uno y lo que es del otro y los dos son dueños. Sólo que, en nuestro caso, el alma es pobre, todos los bienes son por parte del Señor, que la hace partícipe de todo lo suyo. Vida del anima es Dios; la fe es Dios, y el alma, poseyendo la fe, llega a injertar en sí todas las otras virtudes, de modo que la fe está como rey en el corazón y las otras están alrededor, como súbditos que sirven a la fe, de modo que las mismas virtudes, sin la fe, son virtudes que no tienen vida. A mí me parece que Dios comunica de dos maneras la fe al hombre: la primera es en el santo Bautismo; la segunda es cuando Dios bendito, enviando una partícula de lo que Él es al alma, le comunica la capacidad de hacer milagros, como poder resucitar a los muertos, sanar a los enfermos, detener el sol y demás. Oh, si el mundo tuviera fe, ¡se volvería un paraíso terrestre! Oh, ¡qué alto y sublime es el vuelo del alma que se ejercita en la Fe! A mí me parece que el alma, ejercitando la Fe, hace como esos tímidos pajaritos que, temiendo ser atrapados por los cazadores, o alguna otra insidia, ponen sus nidos en las copas de los árboles o en las alturas. Y cuando se ven obligados a comer, bajan, toman el alimento e inmediatamente vuelan a su morada; y alguno más atento toma su alimento y ni siquiera se lo come en el suelo; para estar más seguro se lo lleva a la cima de los árboles y allí se lo come. Así el alma que vive de fe, es tan tímida de las cosas de la tierra, que, por temor a cualquier peligro, ni siquiera les dedica una mirada; su morada está en lo alto, es decir, sobre todas las cosas de la tierra y especialmente en las llagas de Jesucristo, y desde dentro de esas santas moradas gime, llora, pide y sufre con Jesús, su Esposo, por la situación y la miseria en que yace el género humano. Mientras que ella vive en esos agujeros de las llagas de Jesús, el Señor le da una partícula de sus virtudes y el alma siente en sí esas virtudes como si fueran suyas, pero nota que, aunque las ve suyas, le es dado poseerlas porque le han sido comunicadas por el Señor. Sucede como a una persona que ha recibido un regalo que ella no tenía; pues bien, ¿qué hace? Lo toma y se lo apropia, pero cada vez que lo mira piensa: Esto es mío, pero me lo dio esa persona. Así hace el alma que el Señor, enviándole una partícula de su Ser Divino, la convierte en Sí mismo. Ahora bien, esa alma, como aborrece el pecado, al mismo tiempo compadece a los demás, pide por quien ve que va por el camino de la perdición, se une a Jesucristo, se ofrece como víctima, a sufrir para aplacar la divina Justicia y evitar a las criaturas los castigos merecidos y, si hiciera falta el sacrificio de su vida, oh, con cuánto deseo la daría por la salvación de una sola alma». (Volumen 2,) «Jesús, lleno de bondad, se ha dirigido al Confesor y le ha dicho: Quiero que la fe te inunde por todas partes, como esas barcas que están rodeadas por las aguas del mar, y ya que la fe soy Yo mismo, estando inundado por Mí, que todo poseo, y puedo y doy libremente a quien en Mí confía, sin que tú pienses en lo que vendrá y a cuándo y cómo lo harás, Yo mismo, según tus necesidades, me prestaré a socorrerte. Después ha añadido: Si te ejercitas en esta fe, como si nadaras en ella, te compensaré infundiendo en tu corazón tres gozos espirituales: el primero es que comprenderás las cosas de Dios con claridad y al hacer las cosas santas te sentirás inundado por una alegría, por un gozo tal, que te sentirás como empapado, y eso es la unción de mi gracia. El segundo es un fastidio de las cosas terrenas, y sentirás en tu corazón una alegría de las cosas del Cielo. El 41
42 tercero es un desapego total de todo y, de lo que antes te sentías atraído, sentirás un fastidio, como ya desde hace algún tiempo estoy infundiendo en tu corazón y tú ya lo estás sintiendo; y por eso tu corazón estará inundado de la alegría que gozan las almas despojadas, que tienen el corazón tan inundado de mi amor, que no reciben ninguna impresión de las cosas que las rodean externamente» (Vol. 2, ) Hija mía, toda la estabilidad de la fe católica está en la estabilidad de la caridad, que une los corazones y los hace vivir en Mí. (Vol. 4,) Hija mía, cuando un alma hace en toda la voluntad de otro se dice que tiene confianza en él, por eso vive del querer del otro y no del suyo. Así, cuando el alma hace en todo mi Voluntad, Yo digo que tiene fe, de modo que el Divino Querer y la fe son ramas brotadas de un mismo tronco, y siendo la fe sencilla, la fe y el Divino Querer producen el tercer ramo, la sencillez, y así el alma llega a adquirir de nuevo en todas las características de la paloma. ¿No quieres ser tú por tanto mi paloma? (Vol. 4,) Hija mía, quien se nutre de fe adquiere vida divina, y adquiriendo vida divina destruye la humana, es decir, destruye en sí los gérmenes que produjo el pecado original, adquiriendo de nuevo la naturaleza perfecta, como salió de mis manos, semejante a Mí, y así llega a superar en nobleza la misma naturaleza angélica. 2 (Vol. 4,) Hija mía, el origen de todas las cosas es la fe. El que es fuerte en la fe es fuerte en el padecer. La fe hace encontrar a Dios en todas partes, lo descubre en cada acción, hace tocarlo en cada movimiento, y cada nueva ocasión que se presenta es una nueva revelación divina que la criatura recibe. Por eso, sé fuerte en la fe, que, si eres fuerte en ella, en todos los estados y situaciones la fe te dará la fortaleza y te hará que estés siempre unida a Dios. (Vol. 6,) Hija, la fe hace conocer a Dios, pero la confianza hace encontrarlo, así que la fe sin la confianza es fe estéril. Y a pesar de que la fe posee inmensas riquezas para que el alma se pueda enriquecer, si falta la confianza se queda siempre pobre y carente de todo. (Vol. 6,) «Mientras estaba pidiendo según mi costumbre (normalmente lo hago como si lo estuviera haciendo con Nuestro Señor y con sus mismas intenciones), estaba diciendo el Credo y, sin darme cuenta, estaba diciendo que deseaba tener la fe de Jesucristo, para reparar tantas faltas de fe y para pedir que todos tuvieran el don de la fe. Al decir eso se ha movido en mi interior y me ha dicho: Tú te equivocas, Yo no tenía fe ni esperanza, ni podía tenerlas, porque Yo soy el mismo Dios; Yo soy sólo amor. Al oír amor, hubiera deseado tanto poder ser sólo amor, que, sin fijarme, he dicho otra tontería, es decir: Señor mío, quisiera ser yo también como Tú, todo amor y nada más. Y Él ha añadido: Esa es mi intención; por eso a menudo te hablo de la perfecta resignación, porque el alma, viviendo de mi Querer, adquiere el amor más heroico y llega a amarme con mi mismo amor; llega a ser toda ella amor y, siendo toda amor, está en continuo contacto conmigo, de modo que está conmigo, en Mí y hace por Mí todo lo que quiero, y no se mueve ni desea más que mi Querer, en el que está contenido todo el amor del Eterno y en el que ella queda contenida. Y viviendo de esa forma, el alma llega casi a perder la fe y la esperanza, porque llegando a vivir del Querer Divino, el alma ya no se siente más en contacto con la fe y la esperanza. Si vive de su Querer, ¿qué ha de creer si lo ha encontrado y lo ha hecho su alimento? ¿Y qué ha de esperar si ya lo posee, viviendo no afuera de Dios sino en Dios? Por eso la verdadera y perfecta resignación es garantía de segura predestinación y de la posesión cierta que el alma toma de Dios. ¿Has comprendido? Piénsalo bien. 2 - Lo contrario de vida humana no es la Vida Divina, sino los desórdenes que la culpa produjo en la naturaleza humana. 42
43 me he quedado come encantada y decía para mí: ¿Se puede llegar a eso, nada menos?» (Vol. 7,) Ah, hija mía, para tomar plena posesión de mi Voluntad debes reunir en ti todos los estados de ánimo de todas las criaturas y al pasar por un estado de ánimo, así adquieres su dominio. Eso hizo mi Madre y mi misma Humanidad. Cuántas penas, ¡cuántos estados de ánimo estaban reunidos en Nosotros! Mi Madre querida varias veces permanecía en estado de pura fe, y mi gimiente Humanidad quedaba como aplastada bajo el peso enorme de todos los pecados y las penas de todas las criaturas; pero mientras sufría quedaba con el dominio de todos los bienes opuestos a esos pecados y penas de las criaturas, y mi Madre querida quedaba como Reina de la fe, de la esperanza y del amor, dominadora de la luz, para poder dar fe, esperanza, amor y luz a todos. Para dar es necesario poseer y para poseer es necesario reunir en sí esas penas, y con la resignación y con el amor cambiar las penas en bienes, las tinieblas en luz, las frialdades en fuego (Vol. 15,) No es verdad que la Reina Soberana nunca se quedó privada de Mí; separada jamás, pero privada sí, y eso no impedía la alteza de su santidad, sino que la aumentaba. Cuántas veces la dejé en estado de pura fe, porque debiendo ser la Reina de los dolores y la Madre de todos los vivientes, no podía faltarle el rasgo más bello, la gema más fúlgida, que le daba la característica de Reina de los mártires y Madre Soberana de todos los dolores. Esa pena de ser dejada en la pura fe la preparó a recibir el depósito de mis enseñanzas, el tesoro de los sacramentos y todos los bienes de mi Redención, porque mi privación, siendo la pena más grande, pone al alma en condiciones de merecer ser la depositaria de los dones más grandes de su Creador, de sus conocimientos más altos y de sus secretos ( ) La Reina Soberana como Madre debía poseer todos los estados de ánimo, por lo tanto también el de pura fe, para poder dar a sus hijos esa fe inamovible que hace dar la sangre y la vida por defender y atestiguar la fe. Si no hubiera tenido ese don de la fe, ¿cómo podía darlo a sus hijos? (Vol. 19,) La Fe es el camino seguro para unirnos a Dios, a su Voluntad, y apoyados en su Palabra acoger su Don para hacerlo nuestra vida. Eso es tan grande y precioso, que cualquier experiencia extraordinaria sensible o prodigiosa, para confirmar que se tiene y qué es lo que dice ser, le haría más bien sombra en vez de luz y le quitaría credibilidad en vez de dársela. Escribe Luisa: «Después de eso, estaba pensando: en esta santa Voluntad no se ven milagros, cosas prodigiosas, de las que las criaturas son tan ávidas que recorrerían medio mundo para ver alguna; aquí todo pasa entre Dios y el alma, y si las criaturas reciben, no saben de dónde les viene el bien... De verdad que son como el sol, que mientras da vida a todo, nadie se fija en él. Y mientras pensaba eso, Jesús ha vuelto y ha añadido, pero con aspecto imponente: Qué milagros, ¿qué milagros? ¿Acaso el más grande milagro no es hacer mi Voluntad? Mi Voluntad es eterna y es milagro eterno; nunca termina. Es milagro de cada instante que la voluntad humana tenga continua conexión con la Voluntad Divina. Resucitar a los muertos, dar la vista a los ciegos y demás, no son cosas eternas, son cosas que terminan; por eso se puede decir que son sombras de milagros, milagros fugitivos, comparados con el milagro grande y permanente de vivir en mi Voluntad. Tú no hagas caso a esos milagros; Yo sé cuándo conviene hacerlos y se necesitan» (Vol. 13,) Por tanto, la Divina Voluntad se vive en pura FE. Se verá por los frutos, a distancia, que no ha sido una ilusión. (Benedicto XVI) La Pontificia Universidad Urbaniana ha dedicado el aula magna al Papa Benedicto XVI con una ceremonia que tuvo lugar el 21 de octubre de 2014, con ocasión de la inauguración del año académico del ateneo. Al acontecimiento participó el arzobispo Mons. Georg Gänswein, 43
44 prefecto de la Casa Pontificia, que dio lectura a un mensaje escrito para esa circunstancia por el Papa emérito, de quien el prelado es secretario particular. En dicho mensaje el Papa emérito había escrito entre otras cosas: «El Señor Resucitado encargó a sus Apóstoles, y por medio de ellos a los discípulos de todos los tiempos, que llevaran su palabra hasta los confines de la tierra y que hicieran discípulos suyos a todos los hombres. El Concilio Vaticano II, tomando nuevamente en el decreto Ad gentes una tradición constante, ha iluminado las profundas razones de esta tarea misionera y así la ha indicado con renovada fuerza a la Iglesia de hoy.» «Pero vale todavía en serio? ¿se preguntan muchos hoy día, dentro y fuera de la Iglesia de verdad la misión es todavía actual? ¿No sería más apropiado encontrarse en el diálogo entre las religiones y servir juntas la causa de la paz en el mundo?» «La pregunta inversa es: ¿el diálogo puede sustituir a la misión? En efecto, hoy día muchos son de la idea de que las religiones deberían respetarse entre sí y, mediante el diálogo entre ellas, ser una fuerza común de paz. Esa forma de pensar, la mayor parte de las veces presupone que las diferentes religiones sean variantes de una misma y única realidad; que religión sea el género común, que toma formas diferentes conforme a las diferentes culturas, pero que de todas formas expresa una misma realidad. La cuestión de la verdad, la que al principio movió a los cristianos más que todo lo demás, aquí es puesta entre paréntesis. Se presupone que la auténtica verdad sobre Dios, en definitiva, sea inalcanzable y que, todo lo más, lo que es inefable se pueda hacer presente sólo con una variedad de símbolos. Esa renuncia a la verdad parece realística y útil para la paz entre las religiones en el mundo. Y sin embargo es letal para la fe. De hecho, la fe pierde su carácter vinculante y su seriedad, si todo se reduce a símbolos, en el fondo intercambiables, capaces de aludir sólo desde lejos al inaccesible misterio de lo divino.» (Hace falta distinguir las personas que acoger, de las religiones que juzgar. Oyendo ciertas afirmaciones sobre las religiones no-cristianas, inevitablemente uno se pregunta si el que habla todavía cree en Cristo como único Salvador del mundo. Desde luego, nadie se atreve a negarlo de forma explícita y directa; el problema surge cuando se pregunta por qué camino Jesucristo salva a los hombres. Según un dogma fundamental de la doctrina católica, la vía de acceso a la salvación es la fe en El, que conduce al Bautismo; eso afirma el santo Evangelio (cf. Mt 28, 19-20; Mc 16,15-16; Jon 3,3) y, obedeciendo al divino Maestro, así lo ha enseñado siempre la Iglesia, a partir de los Apóstoles (cf. Hechos, 2,38). Tal verdad supone sin duda el deber ineludible de anunciar a todos los hombres la salvación concedida por Dios en su Hijo encarnado, muerto y resucitado, y por consiguiente el llamado a convertirse a Él, abandonando las falsas creencias y cambiando de vida. Lo que la Esposa de Cristo ha hecho siempre en casi dos mil años no es lo que se entiende por proselitismo, sino expresión suprema de la caridad misma que su Esposo le comunica. Desde hace ya medio siglo, sin embargo, basándose en una vaga alusión al Concilio Vaticano II, por lo demás repetida (cf. LG 16; GS 22; AG 7), se va afirmando que habitualmente Dios salvaría a los hombres aun afuera de los confines visibles de la Iglesia. Así no solamente la actividad misionera ha terminado en una dramática crisis, sino que buena parte de los fieles ha perdido el sentido y la necesidad de su pertenencia al Cuerpo místico, de una digna y frecuente recepción de los Sacramentos y de una fe operosa, vivida en la observancia de los Mandamientos y en la práctica de las virtudes evangélicas. Se trata precisamente de uno de esos casos en que una pequeña grieta provoca un derrumbamiento de proporciones gigantescas. 44
45 de todas formas, aun prescindiendo de sus catastróficas consecuencias, esa idea hoy día universalmente difundida y aceptada, tanto que ha llegado a ser una especie de nuevo dogma indiscutible, no tiene ningún fundamento en la Sgda. Escritura, ni en la Tradición, ni en el Magisterio. En realidad, lo que nos ha sido revelado es que, «si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5). Aun suponiendo que eso sea solamente la forma ordinaria de la salvación y que Dios, para no dejar que innumerables almas se pierdan, haya establecido incluso hipotéticas vías extraordinarias, nosotros no sabemos absolutamente nada de eso. Por honradez intelectual y espiritual debemos reconocer que, en la Revelación divina, de estas últimas no se encuentra traza alguna, mientras que el mandato de evangelizar a las gentes está afirmado de forma absolutamente inequívoca, en teoría y en la práctica. Si el Señor resucitado no ha dicho ni una palabra sobre eventuales posibilidades de tomar contacto con el Misterio pascual sin una fe explícita en El y sin plena pertenencia a la Iglesia, sino que perentoriamente le ha ordenado que predique y bautice para que eso sea posible, ha sido precisamente porque ese problema no nos concierne: de qué forma pueda salvarse quien sin culpa suya ignora el Evangelio es asunto suyo; en todo caso, nosotros tenemos el deber de anunciárselo. Y quien incluso afirma que las otras religiones serían otros tantos caminos ordinarios de salvación, evidentemente ha perdido la noción misma de salvación cristiana, la revelada en el Nuevo Testamento como realidad transcendente. Una semejante, crasa herejía barre de un solo golpe el dogma del pecado original y la necesidad de la Redención realizada por el Verbo Encarnado con su muerte en la Cruz. De qué manera, por ejemplo, ¿se salva un hebreo que de antemano rechaza al Salvador? ¿Con su observancia de la Torah cumplida con sólo las fuerzas naturales? Pero «por las obras de la Ley nunca será justificado ninguno» (Gál 2,16). La revelación del Antiguo Testamento es claramente inconclusa e invoca ser completada, pero lo excluye replegándose a una salvación puramente temporal. La Alianza y los dones de Dios, de por sí, son sin duda irrevocables (cf. Rom 11,29), ¿pero quien rechaza al Mesías puede tal vez gozar de ellos todavía? ¿No estarán más bien decaídos para él? El holocausto o shoah no es una razón pertinente para negar la realidad de hecho: el Hebraísmo se ha vuelto estéril en un formalismo que, excepto casos esporádicos, esconde tibieza religiosa y corrupción moral En cuanto al, incluso una sencilla comparación es impensable. Reaparición de la gnosis ebionita superviviente fuera de los confines del Imperio Romano, esta burda falsificación de la fe de Abrahám no tiene en común con nosotros ni siquiera la revelación del Antiguo Testamento. Aparte los rudimentos espirituales que conserva cualquier cultura antigua, los cuales pueden incluso alimentar en algunos una sincera religiosidad natural, lo demás es solamente una ideología de conquista y de sumisión que, sofocando el raciocinio, oprime a masas innumerables controlándolas incluso en la mente. La única diferencia sustancial, respecto al ateísmo de Estado, es que se cree en un Dios presentado como clemente y misericordioso, pero que no ama a nadie ni puede ser amado por nadie, porque es tan distante del hombre que eso sería para él una debilidad; su favor es algo tan imprevisible y arbitrario para quien cree en él, imaginen para los condenados infieles que un musulmán permanece toda la vida suspendido en el fatalismo y en una obediencia ciega : precisamente las exigencias que distinguen algún otro que no es Dios, pero que hace de todo para ser tratado como tal. Y si vamos a Oriente, la situación empeora. Una filosofía alienante como el paraliza el desarrollo y el progreso de los pueblos, para los cuales no hay ayer ni mañana porque ignoran la noción misma de historia y caminan hacia la paz de la nada. Con un comportamiento de dudosa coherencia, por lo demás, en varios países asiáticos los monjes 45
46 budistas se han revelado violentos e intransigentes defensores de la tradición, sofocando cualquier anhélito de cambio social que ponga en peligro su indiscutido poder sobre la población, condenada eternamente a la aceptación pasiva de la miseria y del abuso excepto reencarnaciones más afortunadas merecidos por pecados de vidas pasadas Desde luego, ya es algo mejor que el, del cual él ha salido: allí, de la casta en que se nace, nunca se podrá escapar; de todas formas uno puede dirigirse a un santón que, invocando sobre él los espíritus (inmundos), lo arreglará definitivamente para las fiestas, como si no bastasen las enfermedades contraídas en los baños de masa en el Ganges Hablamos ahora de religiones tradicionales:, y cosas por el estilo? Mejor no, si no se aman las pesadillas. La literatura misionera rebosa de hombres transformados en pájaros o en serpientes, muertos que caminan, brujos potentísimos reducidos a la impotencia con sólo el nombre santo de Jesús. Habrá una razón, con buena paz de los teóricos de la inculturación y del diálogo interreligioso a ultranza: donde Cristo avanza, el diablo retrocede. Ahora que el primero ya no se predica, el segundo corretea disturbado, gracias a las teorías de esos teólogos y pastores que han dispersado el rebaño. Pero el que quiera salvarse, sepa que hay una Vía infalible, con tal de que se decida a emprenderla: es la única, la de siempre. Y puesto que lo sabemos desde hace dos mil años, sería realmente de estúpidos no hacérselo saber también a él. Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mateo 16,18). Simón, Simón, mira que satanás os ha buscado para cribaros como el trigo; pero Yo he pedido por ti, que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lucas 22,31-32). No obstante, estas palabras tan claras, tantos mezclan fantasías con la realidad, haciendo una exégesis muy particular de la Sagrada Escritura, acusando a los demás de paganos y herejes. Sin embargo, los que se consideran cristianos deben saber... quién es el fundador de la Iglesia a la que pertenecen: : su Iglesia fue fundada en Alemania por Martin Lutero, un exmonje agustino, excatólico, en el : el fundador fue Enrique VIII, rey de Inglaterra, en 1534, porque el Papa no le concedió el divorcio para poder casarse con Ana Bolena. : su Iglesia fue fundada por John Knox en Escocia en : su Iglesia es del año 1609, cuando a John Smith se le ocurrió fundar esa secta. : su religión fue organizada por J & C Wesley en Inglaterra, en 1739, cuando decidió separarse de los anglicanos. : Teófilo Lindley fundó esta Iglesia en Londres, en Los miembros de la Iglesia : es un ramo de la Iglesia de Inglaterra, fundada por Samuel Seabury en las colonias que se independizaron (los Estados Unidos), en ( ): Joseph Smith creó este grupo en Palmyra, New York, en : este movimiento fue creado por William Miller, un terrateniente americano, baptista. Questa Iglesia se organizó posteriormente en torno a Los pertenecientes al: este grupo lo formó William Booth en Londres, en
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